Los retos psicosociales de la ciudad: La acción de los individuos en los espacios urbanos




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LOS RETOS PSICOSOCIALES DE LA CIUDAD: La acción de los individuos en los espacios urbanos.


(APODAKA E. y VILLARREAL M.)


Introducción: las ciudades de la ultramodernidad


Hoy en día la mayor parte de la humanidad vive en ciudades y la parte que no vive en ese mundo urbano está sometida a las lógicas culturales, económicas, etc., de la urbanización. Apenas hay un afuera de las ciudades. Las ciudades son la atmósfera del ser humano. Por ello mismo es cada vez más absurdo hablar de un modo de vida ciudadano o urbano, de un modo de ser del urbanitas. Cuando Simmel hablaba en esos términos y describía la psique nerviosa del urbanitas podía hacerlo con un contraste: el mundo rural inmerso en formas de vida tradicionales.

Hoy la ciudad lo es todo. Pero no hay un todo global. La heterogeneidad que antes enfrentaban ciudad-campo o sociedad moderna-sociedad tradicional se ha instalado en el mundo urbano. No podía ser de otra forma. La ciudad siempre fue, al menos idealmente, el lugar de encuentro de la heterogeneidad.


La forma que, por antonomasia, están tomando las ciudades es la de las grandes metrópolis superpobladas, las meta-ciudades que agrupan, en conurbanizaciones o constelaciones urbanas, distendidas y polinucleares zonas heterogéneas que van desde los centros urbanos de alta densidad a los intersticios rurales, neorrurales o zonas residenciales de vivienda en baja densidad y altura. Espacial, temporal, social y psíquicamente diferenciadas y fragmentadas, las meta-ciudades apenas mantienen alguna integridad funcional o político-administrativa y alguna identificación simbólica. No es extraño, pues, que se hable de post-ciudad: regiones mega-metropolitanas sin nombre, sin instituciones, sin mecanismos de participación ciudadana (Castells 2002). El cuadro predominante es el de ciudades fragmentadas, caracterizadas por fenómenos de exclusión social, segregación socio-espacial, violencia urbana, fragmentación política y conflicto cultural. Sería absurdo no tener en cuenta este cuadro general en épocas de globalización. La ultramodernidad no es un estado de cosas que afecte solo a las ciudades más o menos confortables del mundo rico, es una forma de referir la distancia que hemos recorrido en la modernización del mundo. La globalización es precisamente la forma en que la modernización se ha transformado en ultramodernidad para la inmensa mayoría de la humanidad.


Estos cambios no son parte del desarrollo endógeno de las ciudades, son el resultado de un nuevo mundo globalizado, que es, en gran parte, el mundo de las ciudades, en especial, de las ciudades conectadas en la red de nudos o áreas metropolitanas globales (Sassen 1994). No todas las ciudades son iguales, ni todas las zonas de las ciudades son iguales. Hay una carrera por enredarse en la red global de ciudades interconectadas. Los flujos de información, de mercancías y gentes conforman una potente red de beneficios de todo tipo. Estar en la liga de las primeras ciudades se ha convertido en una obsesión para las autoridades municipales y parte fundamental de la obsesión se ha vertido en el branding urbano. Las ciudades se encuentran inmersas en una lucha por conseguir y retener una posición en la red mundial de ciudades y para ello tienen que ser ciudades-mundo, ciudades globales. Ese parece ser el hábitat del ser humano de la ultramodernidad.


La compleja organización de estos espacios se acompaña con la complejidad de las formas de vida que se desarrollan en ellos. Hay ciudades y modos de vida urbanos muy diferentes. Complementarias, enfrentadas o desconectadas, las formas de vida urbanas se desarrollan en entornos urbanos distintos, entornos que constituyen formas de vida y que son a su vez constituidos por ellas. ¿Qué formas hacen de la ciudad un lugar más habitable? ¿Todas? ¿Qué entornos debemos diseñar para favorecer o constituir escenarios propicios para una “buena vida” humana?


En otro lugar tratábamos de contestar a estas preguntas apoyándonos en el concepto de sostenibilidad psicosocial de la ciudad (Apodaka, Villarreal & Cerrato 2003). El supuesto del que partíamos es que no todos los entornos son psicosocialmente sostenibles, es decir, no todos propician una forma de vida humana satisfactoria y durable tanto psíquica como socialmente. Está es, de todas maneras, una idea básica de la Psicología Social. Por cierto, solemos olvidar que la Psicología Ambiental no es más que una de las ramas de la Psicología Social, es decir, de la Psicología que no abstrae al ser humano de su ineludible entorno físico, social y psíquico. La Psicología Ambiental ha tratado de dilucidar cuáles son las relaciones entre comportamiento y ambiente, entre vivencia y mundo de vida. No es una cuestión de segundo orden, sólo desde una perspectiva irracional y delirante se puede concebir el ser humano en el vacío.1 El entorno siempre ha estado ahí, desde la concepción hasta la muerte, el ser humano camina de nicho en nicho. La ciudad es el nicho que hoy envuelve la vida humana casi en su totalidad, ya que más allá de las calles y barriadas de las ciudades, la urbanización ha extendido a todo el mundo las formas de vida urbanas.


Formas de ciudad y psiquismo


En sus primeros trabajos, Manuel Castells criticaba la tendencia ideológica a considerar la cultura urbana como producto de una forma transhistórica, tendencia que refuerza el estratégico rol del urbanismo como ideología política y como práctica profesional (Castells 1977); partiendo de esa idea, no habría mas que formas históricas de ciudad. Hay que tener en cuenta, sin embargo, que la ciudad moderna y la sociedad actual, post o ultramoderna, son formas de socialidad diferenciadas que se constituyen a través de tipos psicológicos peculiares y que constituyen tipos idiosincrásicos de sujeto y de agente social.


Recordemos una tesis básica de Simmel: “vivir en la ciudad imprime una psicología especial“. La ciudad nos posibilita pertenecer cada vez más, a más círculos de relaciones, relaciones menos intensas pero con mayor densidad de contactos e interrelaciones. Las ciudades producen sujetos suficientemente indolentes para tolerar y aceptar la diversidad y la sobre-estimulación.

A esta tesis se ha sumado otra: “la influencia de la vida urbana en la conciencia varia según la forma de la ciudad” (Harvey 1989). Dos son los modelos básicos de ciudad que encontraremos en todos los manuales al uso: la ciudad compacta y la ciudad difusa. ¿Cuáles son las formas psicosociales que habitan en ellas? Antes de responder a esta pregunta, repasemos las características de ambos modelos.


La ciudad compacta, densa, con continuidad formal, multifuncional, heterogénea y diversa en toda su extensión, se desarrolla aumentando en complejidad en sus partes. Procura mayor número y diversidad de contactos. Y en aquellas ciudades compactas que han crecido lentamente (con “historia y experiencia”) el tejido social asociativo es más rico y denso, lo que se traduce en estabilidad y cohesión social (Rueda 1996). Ciudades con fuerte identidad.


Enfrente, la ciudad difusa, una ciudad fragmentada en categorías espaciales disgregadas según la función (producción, consumo, residencia...) y según la condición social (la edad, la profesión, la clase...). Una fragmentación que exige espacios distintos pero interconectados, con lo cual la ciudad dispersa consume cada vez más espacio y más energía, pierde sus fronteras y su propia estructura cohesiva y dificulta la identificación de los sujetos con la ciudad. Un concepto estadístico, la zona urbana, sustituye a un ámbito social y a una institución política. La “esencia” de la ciudad (relación, intercambio, comunicación) no aumenta en complejidad en la ciudad difusa. La dispersión funcional y la segregación social impulsan la disolución de la ciudad en segmentos homogéneos. La complejidad no se encuentra en el espacio próximo sino a través de medios de transporte y comunicación. El barrio pasa de ser un lugar social a ser un lugar de exclusión: de privación de otros usos, de privación de otras gentes. Este modelo que, sin embargo, ha sido hegemónico entre los planificadores, es proyectado como racional, equilibrado, estable y fácilmente planificable (Schoonbrodt 1994).


Es complicado encontrar una ciudad que cumpla alguno de los modelos exclusivamente, la mayoría son mezcla de ambos y el hecho de tener una forma urbana (compacta, por ejemplo) no garantiza que no surjan en esa ciudad las características, formas de vida o problemas de otro modelo (del difuso, por ejemplo).


El modelo difuso es un modelo en auge. Y es el modelo criticado por casi todos los discursos pro-ambientalistas y pro-sociales. Es difícil no tener en cuenta, sin embargo, que es el modelo que las poblaciones “pretenden” (Ascher 2008). Es el modelo que zonifica: que separa grupos, funciones, actividades y así constituye la estructura socio-espacial que sustenta el poder de las clases superiores. Es el modelo de las zonas residenciales de casa o vivienda unifamiliar: el modelo de vivienda ideal y de la huida del entorno urbano, denso, peligroso y conflictivo. Es el modelo que admite formas mixtas de desarrollo y expansión urbana y, por eso mismo, es el modelo que fagocitará a la ciudad compacta, convertida en un nodo dentro de una estructura reticular polinuclear. Y es el modelo en el que se suelen integrar las excrecencias urbanas más dinámicas y conflictivas, el denominado eufemísticamente “urbanismo informal” que avanza sin tregua en las grandes metrópolis del mundo, especialmente del mundo menos desarrolladoo. Y avanza, recordémoslo, porque la gente corre hacia los centros de las ciudades en busca de mejores condiciones de vida, o en busca de oportunidades para otra vida. Es el modelo en el que se inserta la “ciudad genérica” de Rem Koolhaas (1997), la ciudad que no acumula, que se renueva y se reinventa constantemente, la “ciudad sin memoria” propia, capaz de absorber otras memorias, la ciudad de las franquicias, de los no lugares, de los readymakes y del pastiche postmoderno. Es el modelo de las ciudades-mundo de la ultramodenridad.


Todo ésto no nos obliga a aceptar este modelo sin más; al contrario, debemos ir más allá de la crítica a sus consecuencias y analizar las raíces psicosociales de su éxito sin limitarnos a teorías de la hegemonía o de la alineación. Algo hay en esas ciudades dispersas, extendidas, difusas, etc. que ha conjurado al capital y su insaciable deseo de alto y rápido beneficio, con las demandas psicosociales de poblaciones muy diferentes.


Hay además algo que debemos tener en cuenta respecto a los psiquismos correspondientes a las formas socio-espaciales. Un mismo escenario puede servir para que tengan lugar diferentes obras psicosociales. Las obras se acomodan a las virtudes y las carencias del espacio que encuentran. Hay efectivamente escenarios que favorecen o inhiben algunas obras, pero no podemos reducir el problema de la relación entre ambiente y psiquismo a los factores físicos atribuyéndoles además una influencia directa y unidireccional. Por ejemplo, desde que Schûtz planteó que el lugar donde vivimos cumple la función simbólica de “hogar”, se ha usado el planteamiento fenomenológico para distinguir entre barrio físico y barrio social. Dos niveles con relativa independencia: un hábitat físicamente deteriorado puede ser en el nivel psicosocial muy satisfactorio y viceversa, una residencia confortable puede ser un infierno (Gans 1962). Dicho de otro modo, el ambiente de la vida humana no es nunca un espacio físico sin más, es un espacio psicosocial, una atmósfera con clima. Y ésto es lo que podemos constatar en uno de los tópicos de la antropología de la ciudad ultramoderna: “los no lugares“.


Según Marc Augé (1996) en la sobremodernidad nos encontramos con una sobreabundancia de territorios reconocidos aunque no conocidos; el tiempo se hace difícilmente inteligible por la abundancia de acontecimientos y el espacio pierde sentido por la sobreabundancia de territorios. En ese contexto el antropólogo francés establece una oposición entre “lugares” y “no lugares“. El lugar antropológico es el lugar construido concreta y simbólicamente, un lugar con sentido, conocido y reconocido comúnmente. Los “lugares” son identitarios, relacionales e históricos, y están urdidos por relaciones en el tiempo que les confieren un ser durable, una identidad a los ojos de aquellos que de un modo u otro han sido en ese lugar. Los “lugares“, así mismo, dan lugar a la memoria.


Los “no lugares” carecen de fuerza de identificación, no están pensados para la relación y están fuera de la historia, son lugares sin memoria. La sobremodernidad abunda en “no lugares“, en vías de tránsito de uso pasajero, adheridos a una función o una necesidad efímera: se nace en el hospital, se muere en la clínica. La relación con la mayoría de los espacios por los que se transita en la vida es efímera, funcional, huidiza; se trata de no perder tiempo en los mismos: el metro, el supermercado, la terminal del aeropuerto y los demás deambulatorios colectivos. Los “no lugares” son el escenario de la movilidad. Velocidad y pasaje determinan la vida y el uso (consumo) de los “no lugares“.

En los “no lugares” la persona se convierte en consumidor / espectador de espacios coleccionables. El turista visita, graba, fotografía y registra como puede espacios en los que apenas hará nada y que, sin embargo, exhibirá y recordará con entusiasmo. Y como el turista, todos nos convertimos en consumidores de espacios que deseamos abandonar o consumir rápidamente. Espacios sin identidad (aunque se trate de dotarlos de fuertes referencias identificatorias, de “emblemas”), sin relación, sin historia. Las guías sustituyen a las redes sociales de sentido.


Si en “los lugares” se crean y recrean socialidades orgánicas, redes de mutuos apoyo social y tejido o capital social asociativo, en los “no lugares” se crea una contractualidad solitaria. Se crean identidades transitorias, vínculos de estación a estación. Una identidad que se basa, aunque se niegue, en la soledad y la similitud. En “los lugares”, el tiempo y el espacio obligan al contacto, a la proximidad física y a la compañía temporal. En los “no lugares”, por el contrario, se impone la indolencia urbana: lo que se demanda del otro es que no sea un obstáculo en el camino a nuestras metas. Los “no lugares” están bien reglamentados; surtidos de normas, consejos y directivas, de paneles informativos, señales y carteles que aseguran que circulemos sin entorpecer la marcha de las demás mónadas móviles. Cada vez más gente vive en “no lugares“, cada vez se vive más tiempo en “no lugares“.


Contra esta visión negativa y pesimista acerca de los “no lugares“, Karl Schlögel (2007) nos propone una visión alternativa. Los “no lugares” son según Schlögel algo así como protoespacios o incubadoras; en ellos todo es aún fluido y provisional, todo esta en movimiento, y allí entran en contacto energías vitales; “se produce calor por rozamiento que da corriente a ciudades, pueblos, espacios y les abastece de energía” (2007, 288). Sólo cuando han terminado sus servicios los “no lugares” vuelven a la literalidad de su nombre. Mientras tanto son el espacio caliente e intermedio (entre el hogar y el trabajo, entre el tiempo personal y el tiempo social), el espacio de la posibilidad (frente al espacio de lo establecido): “...por un instante estamos dispensados de todo vínculo y nos movemos en la gran corriente (...) a cada momento empujando y empujados, entrando y saliendo” (2007, pg. 292). Toda esa energía es, sin embargo, un débil sustituto de la energía de las masas reunidas y movilizadas para la acción política. El propio Schlögel admite que los espacios del tránsito son los espacios del “acorazamiento ante el exceso de impresiones” (2007, 292). Es decir, en ellos se aprende a ignorar, a desconocer, a desentenderse de los demás y a ser impermeable (más adelante hablaremos de lo negativo y lo positivo de estas competencias psicosociales).

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