Las Guerras de los Judíos




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I

En el cual se trata de la destrucción de Jerusalén hecha por Antíoco.

Estando discordes entre sí los príncipes de los judíos en el tiempo que Antíoco, llamado Epifanes,

contendía con Ptolomeo el Sexto sobre el Imperio de Siria, que tanto codiciaba, cuya discordia era

sobre el señorío, porque cada cual de ellos, siendo honrado y poderoso, tenía por cosa grave sufrir

sujeción de sus semejantes; Onías, uno de los pontífices, prevaleciendo sobre los otros, echó de la

ciudad a los hijos de Tobías. Estos entonces vinieron a Antíoco, suplicándole muy humildes armase

ejército contra Judea, que ellos lo guiarían. Y por estar el rey de sí muy deseoso de este negocio,

fácilmente consintió con lo que ellos suplicaban. De manera que con mucha gente de guerra salió a

seguir la empresa; y después de haber combatido la ciudad con gran fuerza, la tomó, y mató

muchedumbre de los amigos de Ptolomeo; y dando licencia a los suyos para saquear la ciudad, él

mismo robó todo el templo, y prohibió por tiempo de tres años y seis meses la continuación de la

religión cotidiana.

El pontífice Onías se fue huyendo a Ptolomeo, y alcanzando de él un solar en la región

heliopolitana, fundó allí un pueblo muy semejante al de Jerusalén, y edificó un templo. De las cuales

cosas, con más oportunidad haremos mención a su tiempo.

Pero no se contentó Antíoco con haber tornado la ciudad sin que tal confiase, ni con haberla

destruido, ni con tantas muertes; antes, desenfrenado en sus vicios, acordándose de lo que había

sufrido en el cerco de Jerusalén, comenzó a constreñir a los judíos, que desechada la costumbre de

la patria, no circuncidasen sus niños, y que sacrificasen puercos sobre el ara: a las cuales cosas

todos contradecían y los que se mostraban buenos en defender esta causa, eran por ellos muertos.

Hecho capitán Bachides de la guarnición de la ciudad, por Antíoco, obedeciendo a todo lo que le

había mandado, según su natural crueldad, toda maldad excedió azotando uno a uno a todos los

varones dignos de honra, representándoles cada día y poniéndoles delante de los ojos la presa de la

ciudad en tanta manera, que por la crueldad de los daños que recibían fueron todos movidos a

vengarse. Finalmente, Matatías, hijo de Asamoneo, uno de los sacerdotes del lugar nombrado

Modin, con la gente de su casa (porque tenía cinco hijos) se puso en armas y mató a Bachides, y

temiendo a la gente que estaba en guarnición, huyóse hacia los montes. Pero descendió con gran

esperanza, habiéndosele juntado muchos del pueblo, y peleando, venció los capitanes de Antíoco, y

los echó de todos los términos de Judea.

Hecho señor, y el más poderoso, con el próspero suceso, con voluntad de todos los suyos,

porque los había librado de los extranjeros, murió, dejando por príncipe y señor a Judas, que era su

hijo mayor.

Este, pensando que Antíoco no había de sufrir aquello, juntó ejército de gente suya natural, y fue

el primero que hizo amistad con los romanos, e hizo recoger con gran pérdida a Antíoco Epifanes, el

cual otra vez se entraba por Judea. Y siendo aún nueva y reciente esta victoria, vino contra la guarnici

ón de Jerusalén, porque no la había aún echado ni muerto; y habiendo peleado con ellos, los

forzó a bajar de la parte alta de la ciudad, que se llama Sagrada, a la baja; y habiéndose apoderado

del templo, limpió todo aquel lugar, cercólo de muro, y puso vasos para el servicio y culto divinos, los

cuales procuró que se hiciesen nuevos, como que los que solían estarantes estuviesen ya

profanados; edificó otra ara y dio comienzo a su religión.

Apenas había cobrado la ciudad el rito y ceremonias suyas sagradas, cuando Antíoco murió.

Quedó por heredero de su reino, y aun del odio contra los judíos, su hijo, llamado también Antíoco.

Por lo cual, juntando cincuenta mil hombres de a pie y casi cinco mil de a caballo y ochenta

elefantes, vínose a los montes de Judea, acometiendo por diversas partes, y tomó un lugar llamado

Betsura.

Salióle al encuentro Judas con su gente en un lugar llamado Betzacharia, cuya entrada era difícil;

y antes que los escuadrones se trabasen, su hermano Eleazar, habiendo visto un elefante mayor que

los otros, el cual traía una gran torre muy adornada de oro, pensando que venía allí Antíoco, salió

corriendo de entre los suyos, y rompiendo por medio de sus enemigos, llegó al elefante, pero no

pudo alcanzar aquel que pensaba él ser el rey, porque venía muy alto, e hirió la bestia en el vientre;

derribóla sobre él mismo, y murió hecho pedazos, sin hacer otra cosa sino que, habiendo

emprendido y cometido una cosa digna de gran nombre, tuvo en más la gloria que su propia vida.

Pero el que regía el elefante era un hombre privado y particular: y aunque en aquel caso se hallara

Antíoco, no le aprovechara a Eleazar su atrevimiento, sino haber tenido en poco la muerte por la

esperanza de una hazaña tan memorable.

Esto fue a su hermano manifiesta señal y declaración de los sucesos de toda la guerra, porque

pelearon los judíos mucho tiempo y muy valerosamente; pero fueron finalmente vencidos por los del

rey, siéndoles fortuna muy próspera, y excediéndolos también en el número y muchedumbre: y

muertos muchos de los judíos, Judas, con los demás, huyó a la comarca llamada Gnofnítica.

Partiendo Antíoco de allí para Jerusalén, y habiéndose detenido algunos días, retiróse por la falta de

los mantenimientos, dejando de guarnición la gente que le pareció que bastaba, y llevóse los demás

a alojar y pasar el invierno en Siria.

Cuando el rey partió, no reposó Judas; antes, animado con los muchos que de su gente se le

llegaban, y juntando aquellos que le habían sobrado de la guerra pasada, fue a pelear con los

capitanes de Antíoco en un lugar llamado Adasa; y haciéndose conocer en la batalla matando a

muchos de sus enemigos, fue muerto. Dentro de pocos dias fue también muerto su hermano Juan,

preso por asechanzas de aquellos que eran parciales de Antíoco y le favorecian.

***

Capítulo II

De los príncipes que sucedieron desde Jonatás hasta Aristóbulo.

Habiéndole sucedido su hermano Jonatás, rigiéndose más proveída y cuerdamente en todo lo

que pertenecía a sus naturales, trabajando por fortificar su potencia con la amistad de los romanos,

ganó también amistad con el hijo de Antíoco; pero no le aprovecharon todas estas cosas para

excusar el peligro. Porque Trifón, tirano, tutor del hijo de Antíoco, acechándole y trabajando por

quitarlo de todas aquellas amistades, prendió engañosamente a Jonatás, habiendo venido a

Ptolemaida con poca gente para hablar con Antíoco, y deteniéndole muy atado, levantó su ejército

contra Judea. Siendo echado de allá y vencido por Simón, hermano de Jonatás, muy airado por esto,

mató a Jonatás.

Ocupándose Sinión en regir valerosamente todas las cosas, tomó a Zara, a Jope y a Jamnia. Y

venciendo las guarniciones, derribó y puso por el suelo a Acarón, y socorrió a Antíoco contra Trifón,

el cual estaba en el cerco de Dora, antes que fuese contra los medos.

Pero no pudo con esto hartar la codicia del rey, aunque le hubiese también ayudado a matar a

Trifón. Porque no mucho después Antíoco envió un capitán de los suyos, Cendebeo, por nombre,

con ejército, para que destruyese a Judea y pusiese en servidumbre y cautivase a Simón. Pero éste,

que administraba las cosas de la guerra, aunque era viejo, con ardor de mancebo, envió delante a

sus hijos con los más valientes y esforzados; y él, acompañado con parte del pueblo, acometió por el

otro lado; y teniendo puestas muchas espías y celadas por muchos lugares de los montes, los venció

en toda parte. Alcanzando una victoria muy excelente y muy nombrada, fue hecho y declarado

pontífice, y libertó los judíos de la sujeción y senorío de los de Macedonia, en la cual habían estado

doscientos setenta años. Este, finalmente, murió en un convite, preso por asechanzas de Ptolorneo,

su yerno, el cual puso en guardas a su mujer y a dos hijos suyos, y envió ciertos hombres de los

suyos para que matasen a Juan tercero, que por otro nombre fue llamado Hircano.

Entendiendo lo que se trataba y cuanto se determinaba, el mozo vino con gran prisa a la ciudad

confiado en mucha parte del pueblo, acordándose de la virtud y memoria de su padre, y porque

también la maldad de Ptolomeo era aborrecida de todos. Ptolomeo quiso por la otra puerta entrar en

la ciudad, pero fue echado por todo el pueblo, el cual antes había ya recibido a mejor tiempo a

Hircano. Y luego partió de allí a un castillo llamado Dagón, que estaba de la otra parte de Jericunta.

Habiendo, pues, Hircano alcanzado la honra y dignidad de pontífice, la cual solía poseer su padre

después de haber hecho sacrificios a Dios, salió con diligencia contra Ptolemeo, por socorrer a su

madre y a sus propios hermanos; y combatiendo el castillo, era vencedor de todo, y vencíalo a él

justamente el dolor solo. Porque Ptolomeo, cuando era apretado, sacaba la madre de Hircano y sus

hermanos en la parte más alta del muro, porque pudiesen ser vistos por todos, y los azotaba,

amenazando que los echaría de allí abajo si en la misma hora no se retiraba. Este caso movía a

Hircano a misericordia y temor, más que a ira ni saña. Pero su madre, no desanimada por las llagas

y muerte que le amenazaba, ni amedrentada tampoco, alzando las manos rogaba a su hijo que,

movido por las injurias que ella padecía, no perdonase al impío Ptolomeo, porque ella tenía en más

la muerte con que Ptolomeo le amenazaba, y la preciaba mucho más que no la vida e inmortalidad,

con tal que él pagase la pena que debía por la impía crueldad que habla hecho contra su casa,

contra toda razón y derecho. Viendo Juan a su madre tan pertinaz en esto, y obedeciendo a lo que

ella le rogaba, una vez era movido a combatirlo, y otra perdía el ánimo, viendo los azotes que

padecía; y como la rompían en partes, sentía mucho este dolor. Alargando en esto muchos días el

cerco, vino el año de la fiesta, la cual suelen los judíos celebrar muy solemnemente cada siete anos,

por ejemplo del séptimo día, cesando en toda obra; y alcanzando con esto Ptolemeo reposo de su

cerco, habiendo muerto a los hermanos de Juan y a la madre, huyó a Zenán, llamado Cotilas por

sobrenombre, tirano de Filadelfia.

Enojado Antíoco por las cosas que había sufrido de Simón, juntó ejército y vino contra Judea; y

llegándose a Jerusalén, cercó a Hircano. Este, habiendo abierto el sepulcro de David, que habla sido

el más rico de todos los reyes, y sacado de allí más de tres mil talentos en dinero, persuadió a

Antioco, después de haberle dado trescientos talentos, que dejase el cerco, y fue el primer judío que

tuvo gente extranjera a sueldo dentro de la ciudad a costa suya. Y alcanzado tiempo para vengarse,

dándoselo Antíoco ocupado en la guerra de los medos, luego se levantó contra las ciudades vecinas

de Siria, pensando que no habría gente que las defendiese, lo cual fue así. Tomó a Medaba y a

Samea con los lugares de allí cercanos; a Sichima y Garizo, y demás de éstos, también a la gente de

los chuteos, que vivían en los lugares comarcanos de allí, cerca de aquel templo que había sido

edificado a semejanza del de Jerusalén. Tomó otras muchas ciudades de Idumea, y a Doreón y

Marifa. Después pasando hasta Samaria, donde está ahora fundada por el rey Herodes la ciudad de

Sebaste, encerróla por todas partes e hizo capitanes de la gente que quedaba en el cerco a sus dos

hijos Aristóbulo y Antígono. Los cuales, no faltando en algo, los que estaban dentro de la ciudad

vinieron en tan grande hambre, que eran forzados a comer la carne que nunca habían

acostumbrado. Llamaron, pues, para esto que les ayudase a Antíoco, llamado por sobrenombre

Espondio, el cual, mostrándose obedecerles con voluntad muy pronto, fue vencido por Aristóbulo y

por Antígono y huyó hasta Escitópolis, persiguiéndole siempre los dos hermanos dichos, los cuales,

volviéndose después a Samaria, encierran otra vez la muchedumbre de gente dentro del muro, y

ganando la ciudad la destruyeron y desolaron, llevándose presos todos los que allí dentro moraban.

Sucediéndoles las cosas de esta manera prósperamente, no permitían ni consentían que aquella

alegría se resfriase; antes, pasando delante con el ejército hasta Escitópolis, la tomaron y

partiéronse todos los campos y tierras que estaban dentro de Carmelo.

***

II

De los príncipes que sucedieron desde Jonatás hasta Aristóbulo.

Habiéndole sucedido su hermano Jonatás, rigiéndose más proveída y cuerdamente en todo lo

que pertenecía a sus naturales, trabajando por fortificar su potencia con la amistad de los romanos,

ganó también amistad con el hijo de Antíoco; pero no le aprovecharon todas estas cosas para

excusar el peligro. Porque Trifón, tirano, tutor del hijo de Antíoco, acechándole y trabajando por

quitarlo de todas aquellas amistades, prendió engañosamente a Jonatás, habiendo venido a

Ptolemaida con poca gente para hablar con Antíoco, y deteniéndole muy atado, levantó su ejército

contra Judea. Siendo echado de allá y vencido por Simón, hermano de Jonatás, muy airado por esto,

mató a Jonatás.

Ocupándose Sinión en regir valerosamente todas las cosas, tomó a Zara, a Jope y a Jamnia. Y

venciendo las guarniciones, derribó y puso por el suelo a Acarón, y socorrió a Antíoco contra Trifón,

el cual estaba en el cerco de Dora, antes que fuese contra los medos.

Pero no pudo con esto hartar la codicia del rey, aunque le hubiese también ayudado a matar a

Trifón. Porque no mucho después Antíoco envió un capitán de los suyos, Cendebeo, por nombre,

con ejército, para que destruyese a Judea y pusiese en servidumbre y cautivase a Simón. Pero éste,

que administraba las cosas de la guerra, aunque era viejo, con ardor de mancebo, envió delante a

sus hijos con los más valientes y esforzados; y él, acompañado con parte del pueblo, acometió por el

otro lado; y teniendo puestas muchas espías y celadas por muchos lugares de los montes, los venció

en toda parte. Alcanzando una victoria muy excelente y muy nombrada, fue hecho y declarado

pontífice, y libertó los judíos de la sujeción y senorío de los de Macedonia, en la cual habían estado

doscientos setenta años. Este, finalmente, murió en un convite, preso por asechanzas de Ptolorneo,

su yerno, el cual puso en guardas a su mujer y a dos hijos suyos, y envió ciertos hombres de los

suyos para que matasen a Juan tercero, que por otro nombre fue llamado Hircano.

Entendiendo lo que se trataba y cuanto se determinaba, el mozo vino con gran prisa a la ciudad

confiado en mucha parte del pueblo, acordándose de la virtud y memoria de su padre, y porque

también la maldad de Ptolomeo era aborrecida de todos. Ptolomeo quiso por la otra puerta entrar en

la ciudad, pero fue echado por todo el pueblo, el cual antes había ya recibido a mejor tiempo a

Hircano. Y luego partió de allí a un castillo llamado Dagón, que estaba de la otra parte de Jericunta.

Habiendo, pues, Hircano alcanzado la honra y dignidad de pontífice, la cual solía poseer su padre

después de haber hecho sacrificios a Dios, salió con diligencia contra Ptolemeo, por socorrer a su

madre y a sus propios hermanos; y combatiendo el castillo, era vencedor de todo, y vencíalo a él

justamente el dolor solo. Porque Ptolomeo, cuando era apretado, sacaba la madre de Hircano y sus

hermanos en la parte más alta del muro, porque pudiesen ser vistos por todos, y los azotaba,

amenazando que los echaría de allí abajo si en la misma hora no se retiraba. Este caso movía a

Hircano a misericordia y temor, más que a ira ni saña. Pero su madre, no desanimada por las llagas

y muerte que le amenazaba, ni amedrentada tampoco, alzando las manos rogaba a su hijo que,

movido por las injurias que ella padecía, no perdonase al impío Ptolomeo, porque ella tenía en más

la muerte con que Ptolomeo le amenazaba, y la preciaba mucho más que no la vida e inmortalidad,

con tal que él pagase la pena que debía por la impía crueldad que habla hecho contra su casa,

contra toda razón y derecho. Viendo Juan a su madre tan pertinaz en esto, y obedeciendo a lo que

ella le rogaba, una vez era movido a combatirlo, y otra perdía el ánimo, viendo los azotes que

padecía; y como la rompían en partes, sentía mucho este dolor. Alargando en esto muchos días el

cerco, vino el año de la fiesta, la cual suelen los judíos celebrar muy solemnemente cada siete anos,

por ejemplo del séptimo día, cesando en toda obra; y alcanzando con esto Ptolemeo reposo de su

cerco, habiendo muerto a los hermanos de Juan y a la madre, huyó a Zenán, llamado Cotilas por

sobrenombre, tirano de Filadelfia.

Enojado Antíoco por las cosas que había sufrido de Simón, juntó ejército y vino contra Judea; y

llegándose a Jerusalén, cercó a Hircano. Este, habiendo abierto el sepulcro de David, que habla sido

el más rico de todos los reyes, y sacado de allí más de tres mil talentos en dinero, persuadió a

Antioco, después de haberle dado trescientos talentos, que dejase el cerco, y fue el primer judío que

tuvo gente extranjera a sueldo dentro de la ciudad a costa suya. Y alcanzado tiempo para vengarse,

dándoselo Antíoco ocupado en la guerra de los medos, luego se levantó contra las ciudades vecinas

de Siria, pensando que no habría gente que las defendiese, lo cual fue así. Tomó a Medaba y a

Samea con los lugares de allí cercanos; a Sichima y Garizo, y demás de éstos, también a la gente de

los chuteos, que vivían en los lugares comarcanos de allí, cerca de aquel templo que había sido

edificado a semejanza del de Jerusalén. Tomó otras muchas ciudades de Idumea, y a Doreón y

Marifa. Después pasando hasta Samaria, donde está ahora fundada por el rey Herodes la ciudad de

Sebaste, encerróla por todas partes e hizo capitanes de la gente que quedaba en el cerco a sus dos

hijos Aristóbulo y Antígono. Los cuales, no faltando en algo, los que estaban dentro de la ciudad

vinieron en tan grande hambre, que eran forzados a comer la carne que nunca habían

acostumbrado. Llamaron, pues, para esto que les ayudase a Antíoco, llamado por sobrenombre

Espondio, el cual, mostrándose obedecerles con voluntad muy pronto, fue vencido por Aristóbulo y

por Antígono y huyó hasta Escitópolis, persiguiéndole siempre los dos hermanos dichos, los cuales,

volviéndose después a Samaria, encierran otra vez la muchedumbre de gente dentro del muro, y

ganando la ciudad la destruyeron y desolaron, llevándose presos todos los que allí dentro moraban.

Sucediéndoles las cosas de esta manera prósperamente, no permitían ni consentían que aquella

alegría se resfriase; antes, pasando delante con el ejército hasta Escitópolis, la tomaron y

partiéronse todos los campos y tierras que estaban dentro de Carmelo.

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