Las Guerras de los Judíos




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ñeros, embajadores de la ciudad de Jerusalén, a Josefo desean salud. Porque en Jerusalén se ha

dicho a los principales y gobernadores de aquella ciudad, que Juan, natural de Giscala, te ha urdido

muchas veces traición, nos ha enviado para que lo reprendiésemos y le mandásemos que haga, de

aquí en adelante lo que tú le mandares; por lo cual, para que también con tu acuerdo y consejo

proveamos remedio para en lo porvenir, te rogamos que vengas luego adonde nosotros estamos sin

mucha compañía, porque en esta villa no puede caber mucha gente de guerra."

Esto escribieron de esta manera, esperando una de dos cosas: o que me tendrían a su voluntad

si iba sin armas, o si llevase gente de guerra me juzgarían por rebelde a mi tierra; esta carta me trajo

uno de a caballo, mancebo atrevido, que en otro tiempo había servido al rey en la guerra. Eran ya

dos horas de la noche, y por acaso estaba yo a la mesa en un banquete con mis amigos y con los

principales de los galileos; y como un criado me hiciese saber que me buscaba un judío de a caballo,

mandéle que lo metiese; él no hizo acatamiento a ninguno; solamente, sacando la carta, dijo: "Esta

te envían los que ahora vinieron de Jerusalén." Los otros convidados se maravillaban de la

desvergüenza del soldado, pero yo le rogué que se sentase y cenase con nosotros, lo cual como

rehusó, yo, con la carta en la mano de la manera que la había recibido, comencé a hablar con mis

amigos otras cosas; y de ahí a poco levantéme y despedí os a que se fuesen a acostar, e hice

quedar solos cuatro amigos muy especiales, y un mozo a quien había mandado sacar vino; entonces

abrí la carta y la leí muy de corrida, sin que alguno lo viese, y entendiendo fácilmente lo que

contenía, toméla a doblar, y teniéndola en la mano corno si no la hubiera leído, mandé dar al soldado

20 dracmas para el camino, las cuales recibidas, corno me diese las gracias, entendiendo yo de él

que era codicioso de dineros, y que con esto sería fácil cosa vencerlo, le dije: "Si quieres beber con

nosotros te daremos un dracma por cada taza." Aceptó el partido, y bebiendo mucho vino para ganar

muchos dineros, ya que estaba borracho, comenzó a descubrir los secretos; y sin que ninguno se lo

preguntase, confesó de su propia voluntad que me tenían armada traición, y que me hablan

condenado a muerte. Oídas estas cosas, respondí a la carta de esta manera:

.Josefo, a Jonatás y a sus compañeros, desea salud: huélgome de que estéis buenos y que

hayáis venido a Galílea, mayormente porque puedo ya poner en vuestras manos la gobernación de

ella, y volverme a mi tierra, que ha mucho tiempo que tengo deseo de tomarla a ver, por lo cual de

buena ' gana iría adonde estáis, no solamente a Xalo, pero aun mas lejos, aunque ninguno me

llamase; mas perdonadme, porque no puedo ahora hacerlo. Conviéneme estar en Chabolon, y

aguardar a Plácido porque no entre por Galilea, que es lo que él procura; mejor es, pues, que en

leyendo esta carta vengáis vosotros acá donde yo estoy. Nuestro Señor, etc."

Dada al soldado esta carta para que la llevase, envié con él treinta de los más notables galileos,

mandándoles que solamente saludasen a aquellos hombres, y que ninguna cosa, fuera de esto,

dijesen; y di a cada uno un soldado, de quien me fiaba, para que mirasen si los que yo enviaba

tenían alguna plática con Jonatás.

Después que fueron estos embajadores, habiéndoles salido en blanco la primera experiencia,

escribiéronme otra carta de esta manera:

.Jonatás y los otros embajadores, a Josefo envían y desean salud. Denunciámoste que sin

compañía de soldados vengas, de aquí a tres días, a la villa de Gabara, donde nos hallarás, porque

queremos conocer de los delitos que impones a Juan."

Escrita esta carta, después que saludaron a los galileos que yo envié, vinieron a Jafa, villa de

Galilea, muy grande, muy fuerte y muy poblada de moradores, donde fueron recibidos con clamores

del pueblo, dando voces juntamente con las mujeres y niños, que se fuesen y los dejasen, que buen

capitán tenían, y todos a una voz decían que a ninguno otro obedecieran sino a lo que les mandase

Josefo, de manera que los embajadores, partidos de aquí sin hacer nada, se fueron a Séforis, ciudad

muy grande de Galilea, donde los moradores que favorecían a los romanos, les salieron a recibir;

mas ninguna cosa les dijeron de mí, ni en mi loor, ni en mi vituperio.

Pero después que de allí descendieron a Asochim, fueron recibidos con los mismos clamores que

los recibiesen los de Jafa; y no pudiendo a refrenar el enojo, mandaron a sus soldados que a palos

echasen de allí aquellos que daban voces; y cuando vinieron a Gabara, vino presto Juan con tres mil

hombres de armas, mas yo, que por la carta había ya sentido que tenían determinado de hacerme la

guerra, tomé conmigo tres mil soldados, y dejando en el real un mi amigo muy leal, me acogí a

Jotapata para estar cerca de ellos cuarenta estadios, y escribíles de esta manera:

"Si en todo caso queréis que vaya a vosotros, cuatrocientos cuatro villas o ciudades hay en

Galilea; a cualquiera de éstas iré, salvo a Gabara y a Giscala, porque estos lugares, el uno es de

Juan, y con el otro tiene hecha alianza y amistad."

Recibidas estas cartas, no respondieron más los embajadores, pero haciendo juntar la consulta

de sus amigos, y entrando también Juan en ella, consultaban por dónde me podrían entrar. Juan era

de parecer que se escribiese a todas las villas y ciudades de Galilea, porque en cada una había a lo

menos uno o dos que me quisiesen mal, y los provocasen contra mí como contra enemigo del

pueblo, y que se enviase la misma determinación a Jerusalén para que también los ciudadanos de

aquella ciudad, cuando supiesen que los galileos me habían juzgado por enemigo, confirmasen con

sus votos aquella sentencia, y que de esta manera me harían perder el favor que los de Galilea me

hacían; este consejo dieron por bueno todos los otros, y luego supe yo esto cerca de tres horas de la

noche, porque un sacheo que se vino de allá amotinado, me lo dijo; por lo cual, viendo que no era

tiempo de detenerme, mandé a Jacob, varón fiel y diestro, que con doscientos soldados guardase los

caminos que iban de Gabara a Galilea, y que prendiesen los caminantes, y me los enviasen,

principalmente a los que les hallasen cartas; demás de esto envié a jeremías, que era también el

número de mis amigos, con seiscientos hombres, a los términos de Galilea, por donde va el camino

a Jerusalén, mandándole que prendiese a los que llevasen cartas, y que a ellos echasen en prisiones,

y me enviase lar, cartas.

Después que hube mandado estas cosas, envié mis mensajeros a los de Galilea con un edicto en

que les mandaba que otro día me estuviesen a punto, con sus armas y mantenimientos para tres

días, junto a Gabara, y repartida en cuatro partes la gente que yo tenía conmigo, puse por capitanes

a los más leales de mi guarda, mandándoles que a ningún soldado que no conociesen recibiesen

entre los suyos. Llegando a Gabara el día siguiente cerca de las cinco horas, hallé junto a la villa

todo el campo lleno de la gente de armas que había hecho apercibir en mi socorro de Galilea, y

demás de éstos, gran muchedumbre de gente rústica. Como me pusiese delante de todos para

decirles ciertas razones, comenzaron todos a voces a llamarme su bienhechor y amparo de su tierra;

entonces yo, dándoles las gracias por el favor, roguéles que a ninguno hiciesen enojo, y que,

contentándose con las vituallas que tenían en su real, no saliesen a saquear las villas o aldeas,

porque mi voluntad era apaciguar todo el alboroto sin que hubiese muertes; y aconteció que el primer

día que puse guardas en los caminos, cayeron en sus manos los mensajeros de Jonatás; ellos los

detuvieron, como yo les tenla mandado, y me enviaron las cartas que traían; después que las leí y

hallé en ellas tantas palabras afrentosas y tantas mentiras, disimulé con no hablar palabra, y

determiné ir a ellos.

Los cuales, cuando oyeron que yo iba con todos los suyos y con Juan, se fueron a Jesu (ésta es

una torre grande, y que no hay diferencia de ella a un alcázar). Allí escondida una capitanía de

soldados, y cerradas todas las puertas, que no dejaron sino una abierta, esperaban que fuese a

saludarles de camino; habiendo primero mandado a los soldados que cuando yo viniere me metiesen

dentro solo, y que a otro ninguno dejasen entrar, porque de esta manera pensaban haberme más

fácilmente en su poder; pero engañólos su pensamiento, porque barruntando yo la traición, luego

que allí llegué, entrando en una posada que estaba frente de ellos, fingí que dormía; y los

embajadores, creyendo que yo dormía de veras, descendieron al campo y comenzaron a solicitar a

la muchedumbre a que me desamparase, porque usaba mal del oficio de capitán; pero sucedió al

contrario de lo que esperaban, porque luego que los vieron se levantó una grita entre los galileos,

que testificaban bien cuánto amor me tenían por merecerlo yo, y culpaban a los embajadores,

porque sin haberles hecho injuria alguna, habían venido a revolver el sosiego y la paz del pueblo, y

mandábanles que se fuesen porque ellos no hablan de admitir otro gobernador. Después que supe

esto no dudé salir; así que descendí con mucha prisa a oír lo que los embajadores traían; cuando

salí comenzaron todos a dar palmadas de alegría, unos a porfía de otros, y a voces me dieron

gracias de haber gobernado muy bien su provincia.

Cuando Jonatás y los otros oyeron estas cosas, temieron mucho perder la vida a manos del

pueblo, que tanto me favorecía, y pensaban huir; pero porque no podían hacerlo libremente,

mandándoles yo que se detuviesen, estaban tristes, y apenas estaban en su acuerdo. Habiendo,

pues, hecho cesar las gritas del pueblo, y puestos de mis soldados, de los que me fiaba, para

guardar los caminos, porque no diesen sobre nosotros tomándonos desapercibidos, y habiendo

mandado que todos estuviesen en armas, porque aunque viniesen de súbito los enemigos no

hubiese por qué temer, primeramente hice mención de las cartas en que me habían escrito que las

ciudad de Jerusalén los enviaba para acabar las diferencias entre mi y Juan, y me habían llamado

que pareciese, y luego, para que no pudiesen negarlo, saqué la misma carta, y dije: "Si yo hubiese

de dar cuenta de mi vida contra las acusaciones que delante de ti, Jonatás, y de tus compañeros me

pone Juan, cuando presentase en mi defensa por testigos dos o tres buenos varones, sería

necesario que, dados por buenos los testigos, y examinados sus testimonios, me dieseis por libre;

pero ahora, para que sepáis que yo he administrado bien las cosas de Galilea, no quiero traer tres

testigos de mi abono, sino todos estos os doy por testigos; a éstos demandad cuenta de mi vida, si

por ventura los he gobernado con toda honestidad y justicia, y a vosotros, varones de Galilea,

conjuro que no encubráis la verdad, sino que ante éstos, como jueces, digáis si en alguna cosa he

hecho lo que no debía."

Apenas había yo acabado estas palabras, cuando todos levantaron una grita, llamándome su

bienhechor y conservador, y aprobando con su testimonio todo lo que hasta entonces habla hecho, y

rogándome que en adelante perseverase en ser tal cual antes habla sido; afirmaban también con

juramento todos, que no había cometido deshonestidad con mujer de alguno, y que jamás había

hecho enojo a alguno de ellos. Después de esto, oyéndolo muchos de los galileos, leí las dos cartas

de Jonatás que habían tomado mis guardas y enviándomelas, llenas de muy malas palabras, e

imponiendo falsamente que usaba más de tirano que de capitán, y contenían otras muchas cosas

fingidas con muy grande desvergüenza. Estas cartas, decía yo que me las habían dado los que las

llevaban, sin que yo se las pidiese, no queriendo que mis contrarios supiesen lo de las guardas que

tenla puestas, porque no dejasen de enviar sus cartas en adelante.

Y el Ayuntamiento, movido a ira contra Jonatás y sus compañeros, arremetieron a ellos para

matarlos, e hiciéranlo si yo no les refrenara su furia. A los embajadores prometí perdón de lo hecho

si tomasen mejor acuerdo, y, vueltos a su tierra, contasen la verdad de cómo me habla habido en mi

administración.

Dichas estas cosas, los despedí, dado que sabía que no habían de cumplir lo prometido; pero el

pueblo estaba contra ellos airado, rogándome que los dejase que les diesen su pago; así que hube

de usar de todas mafias para librarlos, porque sabía que toda revuelta es muy dañosa en la

República; mas la muchedumbre perseveraba en su enojo, y con una determinación iban todos a la

posada de Jonatás; viendo yo que no podía detenerlos más, subiendo en un caballo mandé que

viniesen tras mi a Sogana, que es una aldea de los árabes que está de allí veinte estadios, y con

esta astucia me guardé de no parecer que hubiese dado principio a guerra civil.

Después que vinimos cerca de Sogana, mandé parar mi gente; y habiéndoles aconsejado que no

fuesen tan arrebatados a ira que pasa los límites de la razón, escogí ciento de los más señalados en

edad y honra, y les dije que se aparejasen para ir a Jerusalén a acusar delante del pueblo a los que

hablan movido el alboroto y revuelto su República; además de esto les mandé que, si lo pudiesen

acabar con el pueblo, alcanzasen una provisión en que se me confirmase la gobernación de Galilea,

y se mandase a Juan que saliese de ella. Despachándolos en breve con este recaudo, tres días

después que se hizo el Ayuntamiento, los despedí, dándoles quinientos soldados que los

acompañasen, y también escribí a mis amigos a Samaria que trabajasen para que mis embajadores

pudiesen caminar seguramente por su tierra, porque ya aquella ciudad estaba sujeta a los romanos,

y tuvieron necesidad de ir por allá porque iban de prisa, y buscaban los atajos y caminos más cortos

por llegar al tercero día a Jerusalén, y aun yo mismo los acompañé hasta salir de Galilea, habiendo

puesto guardas en los caminos para que no se publicase de pronto la partida de los embajadores, y

después de hecho esto me detuve un poco de tiempo en Jafa.

Jonatás y sus compañeros, como no salieron con la suya, tornaron a enviar a Juan a Giscala, y

ellos desde allí partieron para Tiberíades con esperanza de haberla en su poder; porque Jesús, que

entonces tenla allí el magistrado, les había prometido por sus cartas que él acabaría con el pueblo

que se sujetasen a ellos. Con esta esperanza se pusieron en camino: Sila con su mensajero me hizo

saber todo lo que pasaba, al cual yo, como dije, había dejado en mi lugar, y rogábame mucho que

volviese lo más presto que pudiese; vuelto yo de prisa por su consejo, por poco perdiera la vida por

la causa que diré.

Jonatás y sus compañeros habían en Tiberíades inducido a muchos del bando contrario a que se

rebelasen, por lo cual, atemorizados con mi venida, accedieron a mi luego, y dándome primeramente

la enhorabuena, decían que se holgaban de la honra que entonces había ganado, por haber

administrado muy bien a Galilea, porque de aquella gloria les alcanzaba también a ellos parte, por

ser yo su ciudadano y discípulo; y después, confesando en público que querían más mi amistad que

la de Juan, me rogaban que me fuese a mi casa, prometiéndome que ellos harían luego que el otro

viniese a mis manos, confirmándolo con juramento, lo cual es cosa de muy grande religión entre

nosotros, y así me pareció que sería maldad no creerlo. Después me rogaron que me fuese a otra

parte porque venía cerca el sábado, y no querían ellos levantar desasosiego alguno en el pueblo de

los Tiberíades.

Entonces yo, sin sospechar cosa alguna, me fui a Taricheas, dejando, sin embargo de esto, en la

ciudad quien mirase curiosamente lo que ellos hablaban de mí, y por todo el camino que va de

Taricheas a Tiberíades puse algunos por quien viniese a mi, como de mano en mano lo que

supiesen los que había dejado en la ciudad. El día, pues, siguiente se juntó el pueblo en Proseucha,

que llaman, que es una casa de oración ancha, y en que cabe toda aquella muchedumbre, donde

después que Jonatás también vino, no atreviéndose a decir claramente que se rebelasen, dijo que la

ciudad tenía necesidad de mejores magistrados; pero Jesús, que tenía el sumo magistrado, sin

disimular cosa alguna, dijo: Más vale, ciudadanos, que nosotros obedezcamos a cuatro hombres que

a uno, mayormente cuando éstos descienden de ilustre sangre, y tenidos en mucho por su

prudencia, señalando cuando esto decía, a Jonatás y a sus compañeros; y luego Justo, loando estas

palabras, trajo a algunos de los ciudadanos a lo que él quería; pero el pueblo no estaba por lo que

éstos decían, y sin duda se levantara algún alboroto, si no se deshiciera el Ayuntamiento, porque era

ya la hora sexta y, suelen los nuestros comer a esta hora los sábados; de esta manera los

embajadores, dilatando la consulta para el día siguiente, se fueron sin dar fin en el negocio.

Sabiendo yo luego estas cosas, determiné venir a Tiberíades por la mañana, y en amaneciendo el

día siguiente, yendo de Taricheas allá, hallé que el pueblo se había ya juntado en la casa de oración,

no sabiendo aún bien para qué se juntaba. Entonces los embajadores, como me vieron a tiempo que

no me esperaban y quedaron muy atemorizados; al fin acordaron esparcir un rumor, que habían

aparecido ciertos romanos a caballo en los términos de aquel campo en un lugar que se dice

Homonea; y haciendo creer este rumor adrede ellos mismos, que eran los que lo habían levantado,

daban voces, que no era bien dar lugar a que los enemigos talasen así a su salvo los campos a vista

de todos, lo cual hacían con propósito que, saliendo yo a socorrer a los labradores, pudiesen ellos

entretanto alzarse con la ciudad, y hacer que los ciudadanos me quisiesen mal.

Aunque sabia su propósito, hice lo que quisieron, porque no pareciese que no hacía caso de los

peligros de los tiberíenses. Salido, pues, al dicho lugar, después que vi que no había ni rastro de los

enemigos vuelto con mucha prisa, hallé que se habían juntado el Senado y el pueblo en uno, y que

los embajadores me ponían una larga acusación delante del Ayuntamiento, diciendo que

menospreciaba el cuidado del pueblo, y me ocupaba solamente en mis propios deleites. Dichas

estas cosas sacaban cuatro cartas, como escritas por los galileos, diciendo que se hablan puesto a

defender los últimos términos de aquella región, y que para esto pedían su socorro; oyendo estas

cosas los de Tiberíades, creyéndolas de ligero, comenzaron a dar voces que no se debía poner

dilación en aquello, sino que en tan grande peligro se debía dar socorro muy presto a los de su

pueblo; y por el contrario, entendiendo la falsa mentira de los embajadores, dije que sin detenerme

iría donde la necesidad de la guerra lo pidiese; mas porque de otros cuatro lugares diversos habían

venido cartas en que hacían saber las corridas de los romanos, convenía que, repartida entre otras

tantas partes la gente, cada uno de los embajadores tuviese cargo de cada una; porque era justo

que los varones esforzados socorriesen a las cosas que van de calda, no solamente con su consejo,

pero aun con ir ellos en la delantera a ayudar, y que yo no podía llevar sino sola una parte del

ejército. Pareció esto bien a la muchedumbre, y los apremiaban a que saliesen y tomasen el cargo

de capitanes, con lo cual ellos fueron en gran manera turbados en sin ánimos, porque les había dado

y salido al revés lo que procuraban, por las sutiles intenciones que yo les armé en contrario.

Entonces uno de ellos, por nombre Ananías, hombre malo y de malas obras, aconsejó que

mandasen al pueblo ayudar otro día, y que a la misma hora se juntasen todos sin armas en el mismo

lugar, porque sabían que sin la ayuda de Dios ninguna cosa podían hacer las armas de los hombres,

y no decía esto por causa de religión sino por verme sin armas a mí y a los míos; entonces yo

también obedecí por fuerza, porque no pareciese que menospreciaba la santa amonestación. Así

que, después que se fueron todos a sus casas, Jonatás y sus compañeros escribieron a Juan que

por la mañana viniese adonde ellos estaban, con la mayor compañía de soldados que pudiese,

porque fácilmente me habría en su poder y alcanzaría lo que deseaba. El, cuando recibió las cartas,

obedeció de buena gana. El día siguiente mandé a dos de mis guardas los más esforzados y de

quien yo más fiaba, que se pusiesen unas espadas cortas debajo de la ropa, que no se les

pareciesen, y saliesen conmigo en público, para que si alguna injuria nos quisiesen hacer nuestros

enemigos, tuviésemos con qué defendernos; y yo también me vestí unas corazas y me ceñí mi

espada lo más secretamente que pude, y así vine a la casa de oración a rezar.

Después que entré yo con mis amigos, poniéndose Jesús a la puerta, no dejó entrar a otro

ninguno de los míos; y ya que nosotros comenzábamos a hacer oración a la costumbre de la tierra,

levantándose Jesús, me preguntó por las alhajas y plata por labrar del Palacio Real que se había

fundido, en cuyo poder estaban estas cosas depositadas; de las cuales hacía entonces mención, por

gastar el tiempo hasta que Juan viniese. Respondí que Capella lo tenla todo y aquellos diez ciudadanos

principales de Tiberiades; y díjele, que les preguntase a ellos si yo decía verdad; los cuales,

como confesaron que lo tenían, dijo: ««¿Qué es de aquellos veinte dineros de oro que te dieron por

cierto peso de plata por labrar que vendiste, en qué los gastaste?" Respondí que los había dado para

el camino a los embajadores que me enviaron de Jerusalén. A esto replicaron Jonatás sus

compañeros que no había sido bien hecho pagar su Jario, a los embajadores de¡ dinero público.

Enojándose el pueblo por ver su malicia tan clara, como yo entendiese que la cosa no estaba lejos

de haber alguna revuelta, con voluntad de ensañar más aun contra ellos el pueblo, dije: "Si es mal

hecho que diera salario a los embajadores del dinero del pueblo, no me deis más enojos por ello,

que yo pagaré de mi bolsa estos veinte dineros..

Entonces el pueblo tanto más se encendió, cuanto apareció más claro cuán contra razón me

aborrecían. Viendo Jesús que la cosa le sucedía al contrario de lo que él esperaba, mandó que,

quedando solo el Senado, toda la otra muchedumbre se fuese, porque el bullicio de la gente no daba

lugar a que se hiciese la pesquisa de tan gran negocio. Y contradiciendo el pueblo que no me dejaría

solo entre ellos, vino uno a decir secretamente a Jesús, que venía cerca Juan con gente de armas;

entonces, no pudiendo callar más Jonatás, Dios, que por ventura proveía así por mi salud, porque de

otra manera no me escapara del ímpetu con que venía Juan, dijo: "Dejadme, tiberienses, hacer

pesquisa de los veinte dineros de oro, porque por ellos no merece Josefo la muerte, sino porque

anda urdiendo hacerse tirano, y ha alcanzado principado con engañar la muchedumbre ignorante."

En diciendo esto, los que estaban para matarme procuraban poner las manos en mí, lo cual visto por

mis compañeros, desenvainar" Sus espadas y, trabajando por herirlos, los hicieron huir; y juntamente

el pueblo alcanzó piedras para herir a Jonatás, librándome de la violencia de mis enemigos.

Yendo un poco adelante, como saliese a una calle por donde venía Juan con un escuadrón de

soldados, húbele miedo y di la vuelta por una calle angosta que iba a la mar; y de esta manera,

entrando en una nao, me escabullí a Taricheas, faltando poco para que me mataran por un peligro

que no pensé por lo cual, haciendo luego llamar los principales de los galileos, les conté cómo contra

derecho y razón me hubieran muerto Jonatás y los de Tiberíades.

Enojada con esta injuria, la muchedumbre de los galilleos me aconsejaba que no dudase de

hacer guerra a mis enemigos, y que los dejase ir, que ellos quitarían del mundo a Juan, Jonatás y

sus compañeros; pero yo procuraba amansar su enojo, mandándoles esperar hasta que supiésemos

qué traían nuestros embajadores de la ciudad de Jerusalén; y decíales que nos cumplía no hacer

cosa alguna sin su consentimiento. Con estas palabras lo acabé con ellos. Como Juan tampoco

entonces no salió con la suya, volvióse a Giscala.

A los pocos días, vueltos nuestros embajadores, nos hicieron saber que todos los de Jerusalén

estaban muy enojados con Anano y con Simón, hijo de Gamaliel, porque, enviando embajadores sin

consentimiento del pueblo, habían procurado quitarme de la gobernación de Galilea, y decían que

faltó muy poco para que el pueblo pusiese fuego a sus casas. Trajeron también caritas, por las

cuales los principales y cabezas de Jerusalén, por autoridad del pueblo, me confirmaban en la

gobernación, y mandaban a Jonatás y a sus compañeros que luego se volviesen a sus casas.

Cuando recibí estas cartas vine a la villa de Arbela, donde había mandado juntar los galileos, y allí

mandé a los embajadores que contasen cuánto habían sentido los de Jerusalén la malicia do!

Jonatás, y cómo por su acuerdo y decreto me habían confirmado la gobernación de aquella región, y

habían mandado a Jonatás y a los suyos que saliesen de ella, a los cuales envié luego aquella carta,

mandando al mensajero que mirase lo que hacían.

Ellos, cuando recibieron la carta, muy atemorizados, hicieron llamar a Juan y a los senadores de

los tiberienses, y a los principales de Gabara, para pedirles consejo qué debían hacer. Los

tiberienses eran de parecer que se estuviesen en la administración de la República, y no

desamparasen la ciudad que una vez se había fiado de su palabra, mayormente ahora que yo les

quería acometer, porque mintieron que yo les había amenazado con esto. Lo mismo daba por bueno

también Juan, añadiendo que debían enviar dos de los compañeros a Jerusalén, que me acusasen

delante del pueblo de que no administraba derechamente las cosas de Galilea, diciendo que de esto

lo persuadirían fácilmente, lo uno, por su autoridad, lo otro, porque naturalmente el vulgo es

mudable. Pareció bien el consejo de Juan, y luego enviaron a Jonatás y a Anania a Jerusalén,

quedando los otros dos en Tiberíades, y acompañándolos, porque fuesen seguros, cien soldados de

los suyos.

Los tiberienses, habiendo reparado sus muros con diligencia, mandaron a los moradores de la

ciudad que tomasen sus armas, e hicieron con Juan, que estaba entonces en Giscala, que les

enviase muchos soldados que les ayudasen contra mí, si por ventura fuese menester. Entretanto,

caminando Jonatás con los suyos, cuando llegó a Darabitta, que es una villa cuyo sitio está en el

Campo Grande en los tunos términos de Galilea, a medianoche cayó en manos de una escuadra de

soldados míos, que estaban en vela, los cuales, mandándoles que dejasen las armas, los tuvieron

presos en el lugar donde yo les había mandado. Levi, capitán de aquellos soldados, me hizo saber

todo lo que habla pasado. Así que, teniendo el negocio bien disimulado dos días, por mensajeros

requerí a los tiberienses que dejasen las armas; pero ellos, pensando que ya Jonatás había llegado

a Jerusalén, no me respondieron otra cosa, sino palabras afrentosas. No me espanté tanto que por

eso dejase de usar con ellos de una astucia, porque me parecía cosa ilicita comenzar guerra civil.

Queriendo, pues, sacarlos engañados fuera de los muros, habiendo escogido diez mil soldados,

los repartí en tres partes. Una parte de éstos puse secretamente junto a Dora, y otros mil en una

aldea, que también era montaña, a cuatro estadios de Tiberíades, para que esperasen hasta que se

les diese señal de arremeter. Yo, saliendo de la ciudad, paréme en un lugar público; viendo esto los

tiberienses, vinieron luego corriendo a mí, diciéndome maldiciones muy desabridas, y tomóles entonces

tanta locura, que llevando delante unas andas de muerto, aderezadas magníficamente,

alrededor de ellas me lloraban por escarnio; pero yo, callando, gozaba de su poco saber.

Y queriendo por asechanzas haber a Simón a las manos, y con él a Joazaro, roguéles que con

los amigos, y con los que por su seguridad los acompañaban, saliesen un poco fuera la ciudad,

porque quería hablarles y tratar paz con ellos, y de la gobernación de la provincia. Entonces, Simón,

con poco saber y codicia de la ganancia, no rehusó venir, pero o, sospechando lo que era, se quedó.

Cuando Simón vino acompañado de sus amigos y guardas de su persona, lo recibí con mucha

humanidad, y dile las gracias porque tuvo por bien venir. Y paseándonos de ahí a poco, apartándolo

algo desviado de sus amigos, como que le quería decir algo sin terceros, arrebatándolo por medio

del cuerpo en alto, lo entregué a los míos, que lo llevasen a la aldea que más cerca estuviese; y

haciendo señal a mi gente, me fui con ellos a Tiberíades. Como de ambas partes se trabase una

cruda batalla, animando a los míos que ya iban de vencida, les hice cobrar esfuerzo y encerré dentro

de los muros a los tiberienses, que por poco hubieran la victoria; y enviando luego por el lago otro

escuadrón, mandéles que pusiesen fuego en la primera casa que entrasen. Hecho esto, pensando

los tiberienses que la ciudad estaba tomada por fuerza, dejadas las armas, me suplicaron con sus

mujeres e hijos que los perdonase, pues los tenía vencidos. Yo, movido por sus ruegos, refrené a los

soldados de la furia que traían, y habiendo tocado a recoger la gente, siendo ya tarde, me fui a

comer; y llevando conmigo a Simón, sentados a la mesa, lo consolaba prometiendo volverle a enviar

a Jerusalén y darle lo necesario para el camino, y quien lo acompañase por que fuese seguro.

El día siguiente entré en Tiberíades con los diez mil soldados armados, y mandando llamar a la

plaza los regidores y principales del pueblo, mandéles que me dijesen quiénes eran los autores de la

rebelión; habiéndomelos mostrado, les eché prisiones, y les envié a Jotapata. Y soltando a Jonatás y

sus compañeros, y aun dándoles para el camino, los entregué a quinientos soldados que los llevasen

a Jerusalén. Después de esto, vinieron otra vez a mí los tiberienses a pedirme perdón, y me

prometieron que en adelante suplirían con servicios lo que hasta entonces hablan faltado,

rogándome que hiciese restituir a sus dueños las haciendas que habían sido tomadas. Mandé luego

que se trajese todo allí delante, y como los soldados tardasen en hacerlo, viendo yo uno de ellos

más ataviado que solía, preguntéle que de dónde había habido aquella vestidura, confesándome él

que la había ganado del despojo, lo hice azotar, y amenacé a todos que les daría más grave castigo

si no me trajesen lo que habían robado junto todo el despojo, que era mucho, di a cada uno de los

ciudadanos lo que conocía ser suyo.

En este lugar quiero reprender en pocas palabras a justo, escritor de esta historia, y a los otros,

que prometiendo escribir alguna historia, menospreciando la verdad, no tienen vergüenza, por amor

o por odio, escribir mentiras a los que vinieron después; por cierto, en ninguna cosa difieren de los

que falsean escrituras públicas, sino que éstos se dañan más con que no los castigan por ello. Este,

para que pareciese que gastaba bien su tiempo, púsose a escribir las cosas que en esta guerra

pasaron; y mintiendo muchas cosas de mí, ni aun de su propia tierra dijo verdad. Por lo cual tengo

necesidad de decir lo que hasta ahora he callado, para argüir contra lo que de mi ha dicho

falsamente. Y no hay por qué nadie se deba maravillar haber dilatado tanto tiempo de hacer esto;

porque aunque cumple que el historiador diga verdad, pero bien puede dejar de hablar ásperamente

contra los malos, no porque ellos merezcan este bien, sino por guardar la templanza. Volviendo,

pues, así la plática, oh justo, el más grave de los historiadores por tu testimonio, dime, ¿cómo yo y

los galileos tuvimos la culpa y causamos que tu tierra se rebelase contra el rey y también contra el

imperio de los romanos? Pues que antes que por determinación de la ciudad de Jerusalén fuese yo a

Galilea enviado por capitán, tú, con tus tiberienses, echaste mano a las armas, y por común consejo

os atrevisteis también a molestar a la ciudad de Capolis de los Sirios; porque tú pusiste fuego a sus

aldeas, y en aquel encuentro murió tu criado. Y no solamente digo yo estas cosas, sino también en

los comentarios del emperador Vespasiano se cuentan, y que en Ptolemaida, los decapolitanos, con

muchos clamores, pidieron al emperador que te castigase porque habías sido causa de todas sus

desventuras; y sin duda lo hiciera si el rey Agripa, a quien fuiste entregado para que de ti hiciese

justicia, no te perdonara por ruegos de Berenice, su hermana; pero detúvote gran tiempo en la

cárcel.

Y aun las cosas que después hiciste en la República declaran bien lo demás de tu vida, y corno

fuiste causa de que los de tu ciudad se rebelasen contra los romanos, lo cual probaremos de aquí a

poco con argumentos y razones muy claras. Ahora tengo también que acusar por tu causa a los

otros tiberienses, y mostrar al lector que ni a los romanos ni al rey habéis sido leales amigos. Las

mayores ciudades de los galileos, oh justo, son Séforis y Tiberíades, que es tu tierra; mas los

seforitas, que tienen su asiento en mitad de la región, y tienen alrededor de si muchas villas

pequeñas, porque habían determinado guardar a sus señores lealtad, me echaron fuera a mi, y por

edicto vedaron que ninguno de los de su ciudad osase servir a los judíos en la guerra, y para que de

mí tuviesen menos peligro, por engaños me sacaron que cercase su ciudad de muros, y después

que fueron acabados recibieron por su voluntad la guarnición que les puso Cestio Galo, que

entonces gobernaba la Siria, menospreciándome, porque mi potencia atemorizaba a las otras

gentes, los mismos que cuando el cerco sobre Jerusalén y el templo común a toda nuestra nación

estaba en peligro, no enviaron socorro por que no pareciese que tornaban armas contra los

romanos; pero tu tierra, oh justo, que está junto al lago de Genezareth, a treinta estadios de Hippo,

sesenta de Gadara y ciento veinte de Escitópolis, villas del señorío del rey, y no tiene vecindad con

ninguna de las ciudades de los judíos, si quisiera, fácilmente pudiera guardar lealtad a los romanos,

porque así públicas, como particulares, teníais abundancia de armas; y si yo entonces tuve la culpa,

como tú, Justo, dices, ¿quién la tuvo después? Porque tú sabes que antes que la ciudad de

Jerusalén fuese tomada, vine yo a poder de los romanos, y se tomaron por fuerza Jotapata y otras

muchas villas muy fuertes, y fueron muertos muchos de los galileos en diversas batallas. Entonces,

pues, deberíais vosotros, ya que estabais seguros de mi, dejar las armas y llegaros al rey y a los

romanos, pues decís que no tomasteis aquella guerra por vuestra voluntad, sino por fuerza; mas

vosotros esperasteis hasta que Vespasiano llegase a vuestros muros con todas sus gentes, y

entonces al fin, cuando no pudisteis más, dejasteis las armas por miedo del peligro, y aun se tomara

por fuerza de armas vuestra ciudad, si el rey, dando vuestra necedad por disculpa, no os alcanzara

perdón de Vespasiano.

No es, pues, la culpa mía, sino de vosotros, que tuvisteis los ánimos y voluntad de enemigos, y

quisisteis la guerra. ¿Cómo no os acordáis cuántas veces alcancé de vosotros victoria y no maté a

ninguno? Y vosotros, teniendo entre vosotros discordias, no por favorecer al rey o a los romanos,

sino por vuestra malicia, matasteis ciento ochenta y cinco ciudadanos en el tiempo que los romanos

me hacían guerra en Jotapata: ¿por qué en el cerco de Jerusalén se hallaron por cuenta dos mil

tiberienses, que unos de ellos murieron, y otros quedaron vivos en cautiverio?

Dirás que tú no fuiste enemigo, porque entonces te acogiste al rey; digo que esto hiciste de miedo

a mí; dices que soy mal hombre; lo eres tú, a quien el rey Agripa perdonó la muerte, después de

haberte condenado a ella Vespasiano, y habiéndote soltado por muchos dineros que le diste, otra

vez y otra te echó en prisiones, y te desterró otras tantas veces, y llevándote ya una vez a hacer

justicia de ti, por su orden te mandó traer por ruegos de su hermana Berenice. Y después, como te

diese cargo de escribir sus cartas, te sorprendió muchas veces en traición, y como halló que

tampoco tratabas esto con lealtad, te mandó que no parecieses delante de él; pero no quiero entrar

más adentro en esto.

Por otra parte, maravíllome de tu desvergüenza al afirmar que trataste tú esta historia mejor que

cuantos la escribieron, no sabiendo aún lo que en Galilea pasó, porque estabas tú en aquella sazón

con el rey en Berito, ni tampoco supiste lo del combate de Jotapata, ni pudiste saber cómo me hube

yo cuando estuve cercado, porque ninguno quedó vivo que te lo pudiese contar. Mas por ventura

dirás que escribiste cumplidamente lo que pasó en el cerco de Jerusalén; ¿y cómo lo pudiste hacer,

pues que tampoco te hallaste en aquella guerra, ni leíste los Comentarios de Vespasiano? Y

deduzco que no los leíste, porque escribes lo contrario.

Y si confías haber tú escrito mejor que todos, ¿por qué no sacaste a luz tu historia en vida de

Vespasiano y Tito, con cuyo favor y ayuda aquella guerra se hizo, y antes que muriese Agripa y sus

parientes, varones muy sabios en las letras griegas? Porque veinte años antes la tenías escrita, y

pudieran ser tus testigos los que la sabían: ahora que ellos son muertos, y ves que no hay quien te

saque la mentira a la cara, te atreviste a publicar tu libro; pero yo no lo hice así, ni tuve recelo de mis

escritos, sino di mi obra a los mismos emperadores cuando aquella guerra estaba aún reciente en

los ojos de los hombres, porque tenía certeza que había escrito verdad en todo, de donde alcancé el

testimonio que esperaba, y aun comuniqué luego con otros muchos la historia, de los cuales algunos

se habían hallado en la guerra, como el rey Agripa y sus deudos y el mismo emperador.

Tito tuvo tanta voluntad de que de solos aquellos libros procurasen los hombres saber lo que en

aquellas cosas había pasado, que firmándolos de su propia mano, mandó que se pusiesen en la

librería pública, y el rey Agripa me escribió setenta y dos cartas, en que daba testimonio de la verdad

de mi historia, de las cuales pongo aquí dos para que puedas tú de ellas saberlo:

1ª El rey Agripa a su muy querido Josefo desea salud. Leí tu libro de muy buena voluntad, en el

cual me pareces haber escrito estas cosas con mayor diligencia que otro alguno, por lo cual

enviarme has lo demás. Dios sea contigo, etc.

2ª El rey Agrípa a Josefo su carísimo, desea salud. Por tus escritos me parece que no has

menester que yo te avise de nada; pero cuando nos viéremos de mí a ti, te avisaré de algunas cosas

que no sabes, etc.

De esta manera fue testigo él de la verdad de mi historia cuando estuvo acabada, no por

lisonjear, porque no era honesto para él; ni tampoco por hacer burla, como tú por ventura dirás,

porque fue muy ajeno a este vicio, sino solamente para que por su testimonio tuviese el lector por

encomendada la verdad de lo que yo escribí. Baste esto para en lo que fue necesario decir contra

justo.

Después que di orden en las cosas de los tiberienses, que andaban revueltas, hice juntar mis

amigos para consultar lo que se debía hacer con Juan, y pareció bien a todos que hiciese armar toda

la gente de Galilea, y le hiciese guerra, y le castigase como autor y causa del alboroto; pero yo no

tuve este parecer por bueno, porque mi voluntad era dar fin a aquellos alborotos sin muertes, por lo

cual les mandé que pusiesen toda diligencia en saber los nombres de los que eran del bando de

Juan. Lo cual hecho, y sabido quiénes eran estos hombres, propuse un edicto en que daba mi

palabra a todos los de aquel bando de recibirlos por amigos, con tal que no favoreciesen más a

Juan, y puse término de veinte días para si quisiesen mirar por lo que a ellos y a sus cosas cumplía;

en otro caso, si porfiaban en querer tomar armas, amenazábales que pondría fuego a sus casas y

daría sus haciendas a saco; ellos, con gran miedo, oídas estas cosas, desampararon a Juan y

viniéronse a mi sin armas cuatro mil por cuenta; quedaron con él solos los de su ciudad, y mil

quinientos de Tiro que tenía a sueldo, y él, como se halló vencido con esto, estúvose en adelante

encerrado de miedo en su tierra.

En este mismo tiempo los seforitas se atrevieron a ponerse en armas, confiando en la fortaleza

de sus muros y porque me veían ocupado en otras cosas; así que enviaron a Cestio Galo, que era

entonces presidente de Siria, a rogarle que, o se metiese presto en la ciudad, o a lo menos enviase

allá gente de guarnición. Galo les prometió que el vendría, pero no les señaló en qué tiempo. Yo,

cuando lo supe, di con mis gentes sobre ellos y tomé por armas la ciudad con fuerte ánimo. Los

galileos, viendo esta ocasión entre manos, y pareciéndoles que era ahora tiempo de ejecutar a su

placer los odios que contra los seforitas tenían, parecía que habían de asolar hasta los cimientos, así

la ciudad como los ciudadanos, y como arremetiesen, pusieron fuego en las casas vacías, porque la

gente, de miedo, se había recogido a la fortaleza; pero saqueaban todo lo que hallaban, y ninguna

templanza tenían en robar las haciendas de los hombres de su linaje. Viendo esto, y doliéndome

mucho, les mandé que cesasen, y amoneste que no era lícito tratar de aquella suerte a los que eran

de su misma nación. Después que ni con ruegos ni con amenazas los pude refrenar, porque pesaba

más la enemistad, mandé a ciertos amigos, de quien más me fiaba, que echasen fama que por otra

parte había entrado un grande ejército de los romanos; hice esto para que, atajando de esta manera

el ímpetu que traían los galileos, guardase la ciudad de los seforitas, y sucedió bien este ardid,

porque, espantados con tal nueva, dejada la presa, miraban por todas partes por dónde huirían,

mayormente porque me veían a mí, que era el capitán, hacer lo mismo, porque para confirmar el

rumor, fingía yo que también temía; de esta manera, con mi astucia, libré a los seforitas cuando

ninguna esperanza tenían.

Y aun Tiberíades faltó muy poco que no fue saqueada por esta causa que diré: ciertos senadores,

los más principales, escribieron al rey rogándole que viniese y tomase la ciudad; respondió él que

vendría a los pocos días, y dio a un su camarero, judío de linaje, llamado Crispo, unas cartas para

que las llevase a los tiberienses. Conociendo a éste lee galileos en el camino, lo prendieron y me lo

trajeron; luego que se supo esto, la muchedumbre echó mano a las armas, y otro día después,

acudiendo muchos de todas partes, vinieron a Asochim, donde yo en aquella sazón había venido,

dando voces que eran traidores los de Tiberíades y aliados del rey, y pedíanme que los dejase ir allá,

que ellos derribarían la ciudad por los cimientos, y sin esto aborrecían tanto a los tiberienses como a

los de Séforis.

Yo entretanto no sabía qué remedio tener para librar aquella ciudad de la ira de los Galileos,

porque no podía negar cómo ellos escribieron al rey que viniese, pues que la respuesta del rey

estaba a la clara contra ellos: asi que, después que estuve pensando entre mí grande rato sin hablar,

dije: .Yo también confieso que los tiberienses han pecado; no os quiero ir a la mano, porque no los

metáis a saco; pero mirad que semejantes cosas débense hacer con juicio, porque no sólo los

tiberienses son traidores contra nuestra libertad, sino también muchos de los más nobles de Galilea:

hase de esperar hasta que halle por pesquisa quiénes son los culpados, y entonces podréis tratarlos

a todos como merecen." Con esto que dije, persuadí a la muchedumbre, y luego se fueron

apaciguados: después que eché en prisiones aquel mensajero del rey, a los pocos días, fingiendo

que tenía necesidad de hacer cierto camino, lo hice llamar en secreto, y le avisé que emborrachase

al soldado que lo aguardaba, y que de esta manera huyese al rey. Tiberíades, que ya otra vez había

llegado a peligro de perderse, la libré con mi astucia.

En el mismo tiempo Justo, hijo de Pisto, se fue al rey huyendo sin que yo lo supiese, y la causa

por qué huyó fue esta: al principio, cuando se levantó la guerra de los judíos, los de Tiberíades

habían determinado obedecer al rey, y no por eso rebelarse contra los romanos, y Justo alcanzó de

ellos que tomasen armas, porque tenía esperanza que, andando las cosas revuelta3, él se alzaría

con su tierra; pero no logró lo que deseaba, porque los galileos, con el odio que tenían a los

tiberienses por lo que les habían hecho pasar antes de la guerra, no querían que justo tuviese la

gobernación, y como me enviasen los de Jerusalén en su lugar, muchas veces me encendía tanto en

ira, que poco faltó para que lo matara, no pudiendo sufrir la malvada condición de Justo. El, pues, temiendo

que mi enojo al fin parase en quitarle la vida, fuése al rey con esperanza que allí podía vivir

más a su placer y más seguro.

Los seforitas, viéndose fuera del primer peligro, lo cual no pensaron, enviaron otra vez a Cestio

Galo a rogarle que viniese presto a tomar la ciudad, o enviase alguna compañía de soldados que se

pusiesen contra los enemigos para que no le! corriesen los campos, y no pararon hasta que envió

muchos de a caballo y de a pie, los cuales los recibieron de noche: después, porque el ejército de los

romanos había talado los campos alrededor comarcanos, junté mi gente, y vine a Garísima, donde

asentado mi real veinte estadios de Séforis, venida la noche, di sobre los muros, y como subiesen

con escalas sobre ellos muchos soldados, hube en mi poder buena parte de la ciudad; mas a poco

nos fue forzado irnos por no saber la tierra, y dejamos muertos de los romanos doce hombres de a

pie y dos de a caballo, y algunos pocos de los seforitas, y de nosotros no murió más que vino; poco

después trabamos batalla en un llano con los de a caballo, y aunque nos defendimos gran rato

fuertemente, fuimos al fin desbaratados porque me saltearon los romanos, y los míos, atemorizados

con tal caso, volvieron las espaldas. En aquella pelea murió justo, uno de los de mí guarda, que

antes había sido de la guarda del rey; por el mismo tiempo habla venido el ejército del rey, así de a

caballo como de a Pie, y por capitán Síla, capitán de la guarda del rey; éste, habiendo hecho fuerte

su real a cinco estadios de Juliada, repartió por los caminos las estancias de su gente en el camino

de Caná y en el que va a Gamala, para quitar que les fuesen vituallas a los que moraban en aquellos

lugares.

Cuando yo oí esto, envié allá dos mil soldados, y a jeremías por capitán de ellos, los cuales,

puesto su real cerca del río Jordán, un estadio de Juliada, no hicieron más que ciertas escaramuzas,

hasta que yo fuí a ellos con tres mil soldados: el día siguiente puse primero una celada en un valle

cerca del real de los enemigos, y después los desafié a la batalla, habiendo mandado a los míos que

haciendo que huían, como fuesen los contrarios tras ellos, los llevasen al lugar donde estaba la

celada, lo cual fue así hecho, porque Sila, pensando que los nuestros huían cuanto podían, corrió en

pos de ellos hasta que tuvo a las espaldas la gente que estaba puesta en celada, lo cual puso mucho

temor en su gente. Entonces yo, volviendo con mucha presteza, di en los del rey, e hicelos huir, y

ganara aquel día una señalada victoria, si cierta mala dicha no tuviera envidia de lo que yo tenla en

pensamiento, porque llegando el caballo en que yo peleaba a un cenagal, cayó conmigo en él, de la

cual caída se me molieron los artejos de la mano, y así me llevaron a la villa de Cefarnoma; cuando

los míos oyeron esto, dejaron el alcance de los enemigos, porque les dió mucha congoja me

aconteciese algún mal. Haciendo, pues, llevar médicos, y curada la mano, quedéme allí aquel día,

porque también me dio calentura; de allí, por parecer de los médicos, me llevaron de noche a

Taricheas.

Cuando Sila y los del Rey lo supieron, tornaron a cobrar ánimo, y porque habían oído que en la

guarda del real no se ponía mucha diligencia, poniendo de noche a del Jordán una compañía de a

caballo en celada, en amaneciendo desafiaron a los míos a que saliesen a pelear, los cuales no lo

rehusaron, y salidos a un llano, como salieron de la celada los de a caballo, y revolvieron los

escuadrones de los míos, los hicieron huir. Muertos sólo seis de los míos, dejaron la victoria sin

llevarla al cabo, porque oyendo que cierta gente de guerra había venido por el lago de Taricheas a

Juliada, de miedo tocaron a que se recogiesen.

No mucho después vino a Tiro Vespasiano, acompañado del rey Agripa, donde se levantó grande

grita del pueblo contra el rey, diciendo que era enemigo suyo y de los romanos; porque Filipo,

capitán de su gente de guerra, había vendido por traición el Palacio Real de Jerusalén y la gente de

guarnición de los romanos que en él estaba, y que esto se había hecho por mandado del mismo rey;

pero Vespasiano después de haber reprendido la desvergüenza de los de Tiro, porque afrentaban a

un rey y amigo de los romanos, aconsejó al mismo rey que enviase a Filipo a Roma a que diese

cuenta de lo que había pasado; mas Filipo no pareció delante de Nerón, porque como lo hallase en

muy grande trabajo y en peligro de perderse por las guerras civiles, volvióse al rey. Después que

Vespasiano llegó a Ptolemaida, los principales de Decapolis con grandes clamores acusaban a justo

que había puesto rey para que pagase lo que debía a sus súbditos, y el rey, sin que el emperador lo

supiese, lo echó en prisiones, como ya dijimos antes. Entonces los de Séloris salieron a recibir a

Vespasiano, y lo saludaron, y él les dio gente de guarnición, y por capitán de ella a Plácido, con los

cuales tuve que hacer hasta que el mismo, emperador vino a Galilea; de cuya venida, y cómo

después de la primera batalla que tuve junto a Tarichea, me recogí a Jotapata, y allí al fin fui preso y

llevado cautivo después de largo combate, y cómo fui suelto, y las cosas que hice mientras duró la

guerra de los judíos, todas las trato en los libros que de aquella guerra tengo escritos: ahora me

parece contar ciertas cosas que en aquellos libros no dije, solamente las que tocan a mi vida.

Tomada Jotapata, y venido yo a poder de los romanos, guardábanme con muy grande diligencia;

pero hacíame buen tratamiento Vespasiano, por cuyo mandamiento me casé con una doncella

también cautiva, natural de Cesárea; ésta no hizo mucho tiempo vida conmigo, mas después de yo

suelto, y andando yo en compañía del emperador, se fue a Alejandría; entonces me casé con otra

mujer de Alejandría, y de allí me enviaron con Tito a Jerusalén, donde muchas veces estuve en

peligro de muerte, porque los judíos procuraban en gran manera cogerme para matarme, y por otra

parte los romanos, cada vez que les acontecía algún desbarate, echábanlo a que yo les vendía, y

nunca cesaban de dar voces al capitán que quitase del mundo a quien les hacía traición; pero Tito,

como hombre que sabía las vueltas de la guerra, disimulaba en silencio las importunas voces de los

soldados; después, cuando la ciudad fue tornada por fuerza de armas, muchas veces me requirió

que del saco de mi tierra tomase todo lo que quisiese, que él me daba licencia; pero yo, ya que mi

tierra era asolada, no tuve otro mayor consuelo en mis desventuras que el pedir las personas libres,

las cuales, juntamente con los libros sagrados, me concedió el emperador de buena voluntad.

No mucho después, por mis ruegos me hizo también merced de un mi hermano y cincuenta

amigos, y aun entrando por su consentimiento en el templo, como hallase allí metida muchedumbre

grande de mujeres y muchachos, a cuantos hallé que eran de mis amigos y familiares, a todos los

libré, que fueron casi ciento cincuenta, a los cuales dejé en su libertad sin que me diesen nada por

su rescate.

Después me envió Tito con Cereal y mil de a caballo a una aldea que se dice Tecoa, a mirar si el

lugar era aparejado para que estuviese el real, y vuelto de allí, como viese muchos de los cautivos

puestos en cruces, y entre ellos conociese tres que en otro tiempo fueron mis familiares, dolióme

mucho, y Regándome a Tito, con lágrimas se lo dije, el cual mandó luego que los quitasen de allí y

los curasen con muy gran diligencia; dos de éstos murieron entre las manos de los médicos, y el otro

vivió.

Después, concertadas las cosas de dea, creyendo Tiatno que en una heredad que yo tenía cerca

de Jerusalén me habín de hacer daño los soldados romanos que habían de quedar allí para guarda

de la religión, dióme otras posesiones en los campos, y cuando volvió a Roma, por hacerme honra

me llevó en la nao que él iba, y como llegamos a la ciudad, hízome Vespasiano muchas mercedes,

porque después de haberme dado privilegio de ciudadano, me mandó morar en las casas en que él,

antes que fuese emperador, había morado, y me dio rentas anuales, y nunca dejó de hacerme

mercedes mientras vivió, lo cual fue peligroso para mí por la envidia de mi gente, porque un cierto

judío, por nombre Jonatás, levantando un alboroto en Cirene, y recogidos dos mil de los naturales, a

todos les acarreó desastrado fin, y él, preso por el gobernador de aquella provincia, y enviado al

emperador, decía que yo le había servido con armas y dineros para ello; pero no engañó a

Vespasiano con sus mentiras, mas siendo condenado, pagó con pena de la cabeza.

Después de esto, me buscaron envidiosos otras calumnias, pero de todas me escapé por

providencia divina: demás de esto, me hizo merced Vespasiano en Judea de una heredad muy

grande, en el cual tiempo dejé a mi mujer, porque me aborrecieron sus malas costumbres, aunque

había ya habido en ella tres hijos, de los cuales son ya muertos los dos, y sólo Hircano me queda

vivo. Después de ésta, me casé con otra mujer de Creta, judía de linaje, nacida de padres de los

más nobles de su tierra y de muy buenas costumbres, como hallé haciendo vida con ella; de ésta me

nacieron dos hijos, justo, el mayor, y después de él Simónides, por sobrenombre Agripa: esto es lo

que me aconteció con los de mi casa; desde aquí me tuvieron buena voluntad todos los

emperadores, porque después que Vespasiano murió, Tito, su sucesor, me tuvo siempre en la

misma honra que su padre, y nunca jamás dio crédito a ningunas acusaciones contra mi; Domiciano,

que sucedió después de éste, me hizo muy mayores honras, porque castigó con muerte a ciertos

judíos que me acusaban, y mandó castigar a un eunuco, mi esclavo, ayo de mi hijo, porque me

andaba calumniando, y concedióme franqueza de las posesiones que tengo en Judea, lo cual tuve

yo por la mayor honra de cuantas me hizo, y Domicia, mujer del emperador, nunca cesó de hacerme

bien. Estas son las cosas que me pasaron en toda mi vida, por las cuales puede juzgar quien

quisiere mis costumbres; ofreciéndote, buen Epafrodito, todo el contexto de las antigüedades, acabo

con esto aquí de escribir.

***

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