Las Guerras de los Judíos




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se dio prisa en el camino; pero no salió con la maldad que había intentado, porque como estuviese

ya cerca uno de los de su compañía, que se le amotinó, me hizo saber su pensamiento; como yo le

oí, salí a la plaza, fingiendo que ninguna cosa sabia de la traición, y conmigo todos los galileos con

sus armas y algunos de los tiberienses.

Después de esto, habiendo puesto guardas en los caminos, mandé a los que guardaban las

puertas que, viniendo Jesu, le dejasen entrar con solos los primeros, y a los demás cerrasen las

puertas; y si se pusiesen en querer entrar por la fuerza, que a cuchilladas se lo impidieran; los cuales

haciéndolo como se lo habían mandado, entró Jesu con pocos, y mandándole yo que luego soltase

las armas si no quería morir, viéndose cercado de armados, obedeció. Entonces los que venían con

él, que quedaban fuera, como sintieron que su capitán era preso, luego se fueron huyendo; y yo,

tomando aparte a Jesu, de mí a él le dije que bien sabía la traición que me tenía armada, y quiénes

eran los que habían sido causa de que se ordenase; pero que yo le perdonaría su yerro si, mudado

el pensamiento, quisiese serme leal en adelante; el cual, prometiéndomelo, le solté, dándole licencia

que tornase a recoger la gente que antes tenía, y amenacé a los de Séforis que me lo pagarían si en

adelante no viviesen sosegados.

Por el mismo tiempo vinieron a mí dos vasallos del rey de los Grandes de Trachonitide, y venían

con ellos sus escuderos de a caballo, y traían armas y dineros. Como los judíos apremiasen a éstos

que se circuncidasen si querían tratar con ellos, no consentí que se les hiciese enojo alguno,

afirmando que era menester que cada uno sirviese a Dios de su propia voluntad, y no forzado; y que

no se había de dar ocasión en que les pesase a los otros haberse acogido a nosotros por su

seguridad; y habiendo persuadido de esta manera a la muchedumbre, diles abundantemente a

aquellos varones de comer a su costumbre.

Entretanto, el rey Agripa envió gente, y por capitán de ella a Equo Modio, para que tomasen por

fuerza el castillo de Magdala; pero no atreviéndose a ponerle cerco, teniendo los caminos tomados,

hacían el mal que podían a Gamala; y Ebucio de Cardacho, que tuvo la gobernación del Campo

Grande, oído que yo había venido a la villa de Simoníada, que está en los fines de Galilea, y de ella

sesenta estadios, tomando de noche cien de a caballo que tenía consigo, y casi doscientos de a pie,

y los gabenses que habían venido en su ayuda, caminando de noche, llegaron a aquella villa. Contra

el cual, como yo sacase un gran ejército de los míos, procuró sacarnos a un llano, confiando en los

de a caballo; pero ninguna cosa le aprovechó por no querer yo moverme de mi lugar, porque vela

que él había de llevar lo mejor si, llevando yo gente toda de a pie, descendiese con él en campo

raso. Y después que Ebucio peleó valientemente un buen rato, viendo al fin que en aquel lugar no se

podía aprovechar cosa alguna de los caballos, dada señal a los suyos que se recogiesen, se fue a

Gaba, sin dejar hecho nada, habiendo perdido solamente tres en la refriega; pero yo fui en su

alcance con dos mil hombres de armas, y como viniese a Besara, la cual villa está en los confines de

Ptolemayda, a veinte estadios de Gaba, donde estaba entonces Ebucio, habiendo aposentado mi

gente fuera por los caminos, para que estuviésemos seguros que no diesen sobre nosotros los

enemigos hasta que hubiésemos llevado el trigo, de que se habla traído allí gran copia de las villas

comarcanas de la reina Berenice; y así cargué muchos camellos y asnos que para esto habla traído,

y envié aquel tributo a Galilea; después que fue este negocio acabado, di campo abierto a Ebucio

para que pudiese pelear. Y como él no se atreviese, atemorizado de ver nuestra osadía, volvime

contra Neopolitano, porque oí que había talado los campos de los tiberienses. Este estaba en

socorro de Escitópolis con un escuadrón de a caballo. Habiendo, pues, estorbado a éste que diese

más enojo a los de Tiberíades, me ocupaba M todo en mirar por las cosas de Galilea.

Por otra parte, Juan, hijo de Levi, que dijimos que vivía en Giscala, después que conoció que

todas mis cosas sucedían a mi voluntad, y que yo era amado de mis súbditos y temido de mis

enemigos, no pudo sufrir esto con buen corazón. Pareciéndole que no era por su bien mi

prosperidad, tornóme muy grande envidia; y teniendo esperanza que con hacer que mis súbditos me

aborreciesen atajaría mis buenas dichas, solicitó a los de Tiberíades y a las de Séforis, y parecióle

que también a los gabarenos, a que, dejándome, se hiciesen de su bando, las cuales ciudades son

las principales en Galfica. Decíales que siendo él capitán, andarla todo con mejor concierto.

Los de Séforis no vinieron en ello, porque sin tener cuenta conmigo ni con él en esto, tenían ojo a

estar debajo de la sujeción de los romanos. Los de Tiberíades lo rehusaron igualmente, aunque

prometieron tenerlo a él también por amigo; pero los gabarenos se sometieron a Juan por autoridad

de Simón, que era un ciudadano principal y amigo y compañero de Juan; mas no se pasaron a él

abiertamente, porque temían mucho a los galileos, cuya buena voluntad para conmigo habían ya

conocido por experiencia; pero secretamente andaban buscando ocasión para matarme, y

verdaderamente yo me vi en muy grande peligro por lo que ahora diré.

Ciertos mancebos dabaritenos atrevidos, como viesen que la mujer de Ptolorneo, procurador del

rey, caminaba de las tierras del rey a la provincia de los romanos por el Campo Grande con mucho

aparato y compañía de algunos de a caballo, salieron a ellos de repente; y haciendo huir a la mujer,

robáronle cuanto llevaba. Hecho esto trajeron a Taricheas, donde yo estaba, cuatro mulos cargados

de vestidos y diversas alhajas, entre las cuales había muchos vasos de plata y quinientas monedas

de oro. Queriendo yo guardar esto para Ptolomeo, por ser de mi misma tribu, porque nuestra ley

manda que procuremos por las cosas de los de nuestro linaje, aunque nos sean enemigos, dije a los

que lo habían traído que cumplía que se pusiese en guarda, para que se vendiese y se llevase lo

que por ello se diese a la ciudad de Jerusalén para la fábrica de los muros. Esto pesó muy mucho a

los mancebos, porque no les di parte del despojo, como lo esperaban; por lo cual, derramándose por

las aldeas de Tiberíades, sembraron fama que yo quería entregar a los romanos aquella región,

porque había fingido que guardaba aquel despojo para fortalecer a Jerusalén; y a la verdad lo

guardaba para restituir a su dueño lo que le habían tomado, en lo cual no se engañaban; porque

después que los mancebos se fueron, llamando dos principales ciudadanos, Dassion y Janneo, hijo

de Leví, muy amigos del rey, les mandé que le llevasen las alhajas que le habían sido tomadas,

amenazándoles de muerte si descubriesen este secreto a algún hombre.

Y como se sonase por toda Galilea que yo quería vender a los romanos su región, estando

incitados todos para darme la muerte, los de Tarichea, que también daban crédito a las falsas

palabras de los mancebos, aconsejaron a los de mi guarda y a los otros soldados que, dejándome

durmiendo, se viniesen al cerco para consultar allí con los demás para quitarme el mando; los

cuales, persuadidos, hallaron allí muchos que ya se habían antes juntado, dando voces todos a una

que se debía tomar venganza del que hacía traición a la república. Pero el que más hurgaba en ello

era Jesús, hijo de Safias, que entonces tenla el sumo magistrado, hombre malo y de suyo dado a

mover alborotos, y tan desasosegado como el que más puede ser. Este, trayendo entonces consigo

las tablas de Moisés, poniéndose en medio, dijo: "Ya que vosotros no tenéis cuidado ninguno de lo

que os toca, a lo menos no queráis menospreciar estas leyes sagradas; las cuales Josefo, este

vuestro capitán, digno de ser aborrecido de todo el pueblo, tiene corazón para venderlas, por lo cual

merece que se le dé muy cruel pena." Habiendo dicho esto, y respondido el pueblo a voces que así

debía hacerse, tomó consigo ciertos hombres armados, y fuese corriendo a las casas donde yo

posaba, con propósito firme de darme la muerte, sin sentir yo cosa ninguna del alboroto.

Entonces Simón, uno de los de mi guarda, el cual había entonces quedado solo conmigo, oyendo

el tropel de los de la ciudad, me despertó aprisa; y avisándome del peligro en que estaba,

aconsejáme también que determinase antes morir como capitán generoso, que no como a mis

enemigos se les antojase darme la muerte. Amonestándome él esto, encomendando yo a Dios mi

vida, y vistiéndome de negro, salí; y llevando una espada ceñida, tomando el camino por aquellas

calles por donde sabia que no había de encontrar a ninguno de mis contrarios, Regando al cerco me

mostré a me viesen, derribándome en tierra, el rostro en el suelo, y regando el suelo con lágrimas de

tal manera, que movía a todos a misericordia; y corno sentí a la gente mudada, procuré apartarlos de

sus pareceres, antes que los armados volviesen de mi casa; y confesando que no estaba sin culpa

del delito que me imponían, les rogué ahincadamente que supiesen primero para qué fin guardaba el

despojo que me hablan traído, y que después, si les antojase, me diesen la muerte.

Mandándome el pueblo que lo dijese, entretanto volvieron los armados, los cuales, cuando me

vieron, arremetieron contra mí con propósito de quitarme la vida. Mas estorbándoselo el pueblo con

voces, reprimieron su ímpetu, teniendo para sí que después que yo confesase la traición, y cómo

había guardado para el rey el dinero, tendrían mejor ocasión de poner en obra lo que querían.

Después que todos estuvieron atentos, dije: "Varones hermanos, si os parece que he merecido la

muerte, no rehúso morir; pero quiero, antes que muera, deciros la verdad. Por cierto, como yo vi esta

ciudad muy a propósito para los forasteros, y que muchos, dejadas sus propias tierras, se huelgan

venir a vivir con vosotros, para teneros compañía en cualquiera cosa que sucediese, había

determinado edificaros unos muros con estos dineros; y por tenerlos guardados para esto, ha nacido

este vuestro enojo tan grande." A estas palabras dieron voces los de Taricheas, y los extranjeros,

dándome las gracias, y diciéndome que me esforzase y tuviese buen ánimo; pero los galileos y los

de Tiberíades porfiaban en su ira, y hubo entre ellos diferencias, porque éstos me amenazaban que

se lo había de pagar, y los otros, por el contrario, me animaban y me decían que estuviese seguro.

Pero después que prometí que también haría muros a los de Tiberíades y a las otras ciudades que

estuviesen en lugar aparejado, dando crédito a mis promesas se fueron cada uno a su casa; y yo,

habiendo escapado de tan grande peligro, sin esperar más, volvíme a mi casa con mil amigos y

veinte hombres armados.

Mas los ladrones y los que habían levantado el alboroto, temiendo pagar lo que habían hecho,

con seiscientos armados volvieron otra vez a mi casa con propósito de ponerle fuego. Y sabiendo yo

su venida, teniendo por cosa fea huir, determiné usar contra ellos de osadía; mandé cerrar las

puertas de mi casa, y yo mismo, desde un tirasol, les dije que me enviasen algunos que recibiesen el

dinero, por el cual ellos andaban alborotados, para que no hubiese por qué tener más enojo. Como

ellos determinasen esto, al mayor alborotador de aquellos que entraron en mi casa, torné a echar

fuera después de haberlo azotado y cortándole una mano, la cual hice llevar al cuello colgada, para

que volviese así a los que lo habían enviado. Ellos se atemorizaron con esto en gran manera; y

temiendo sufrir la misma pena si allí se descubriesen, porque pensaban que yo tenía muchos

armados en mi casa, súbitamente huyeron todos; y así, con esta astucia, me escapé de otros lazos

que me podían armar.

Y con todo esto no faltó quien después alborotase el vulgo, diciendo que no era bien hecho dar la

vida a aquellos caballeros de la casa de¡ rey que se habían acogido a mí, si no se pasasen a los ritos

de aquellos a quienes venían a pedir amparo, y cargábanles que eran favorecedores de los romanos

y hechiceros; y luego se comenzó a alborotar la muchedumbre, engañada por los que le hablaban a

favor de su paladar. Lo cual sabido, desengañé yo al pueblo, diciendo que no era razón hacer enojo

y agravio a los que a ellos se habían acogido; rechazando la vanidad de la culpa que les cargaban

de ser hechiceros, con decir que no había para qué los romanos diesen de comer a tantas

capitanías, si podían alcanzar la victoria por industria de hechiceros.

Amansados un poco con estas palabras, ya que se habían salido, moviéronlos otra vez a la ira

contra aquellos caballeros algunos hombres perdidos, tanto que, tomando sus armas, fueron

corriendo a las casas en que los otros moraban en Taricheas, para quitarles las vidas. Como yo lo

supe, temí mucho que, consentida esta maldad, ninguno en adelante se acogiera a nosotros; por lo

cual, tomando algunos otros conmigo, vine apresuradamente a la posada de ellos; la cual cerrada,

haciendo traer un barco por una cava que iba de allí al mar, nos entramos en él y pasamos a los

confines de los Hippenos; y dándoles con qué comprasen caballos (que por salir huyendo de esta

suerte, no pudieron sacar los suyos), los despedí, rogándoles mucho que con fuerte ánimo llevasen

la presente necesidad, porque a mí también me pesaba mucho verme forzado a poner otra vez en

tierra de sus enemigos a los que una vez se habían fiado de mi palabra; pero tuve por mejor que

ellos muriesen a manos de los romanos, si así sucediese, que no que en mi tierra fuesen muertos

por maldad. No murieron, Porque el rey les perdonó su yerro; veis aquí en qué pararon éstos.

Los de Tiberíades rogaron al rey por cartas, que enviase gente de guarnición a su tierra,

prometiéndole que se pondrían en sus manos. Lo cual hecho, luego que vine a ellos, me pidieron

con mucho ahínco que les edificase los muros que les había prometido, porque habían oído que

Taricheas estaba ya cercada de muros. Yo se lo otorgué, y después que de todas partes junté los

materiales, mandé a los oficiales que comenzasen la obra.

Partiendo yo de allí a tres días de Tiberíades para Taricheas, que está treinta estadios, por acaso

descubrí ciertos caballeros romanos que llegaban cerca de Tiberíades. Los de la ciudad, pensando

que eran del rey, comenzaron luego a hablar de él con mucha honra, y de mí se atrevieron a decir

injurias y afrentas. Luego vino uno corriendo a hacerme saber lo que pasaba y cómo tenían ojo a
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