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източникhttp://www.bibliocomunidad.com/web/libros/Jose Bueno - La caida del imperio Romano.doc
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La estructura social de los pueblos germánicos


Entre los germanos el grupo social más numeroso lo constituían los hombres libres (ingenui), los guerreros. Los pueblos bárbaros que se establecieron en las tierras habitadas por una sociedad declinante, pero más civilizada, tuvieron que estructurarse militarmente para vencerla; por eso el guerrero, de condición libre, fue entre los germanos un importante factor social. En la paz, las aseambleas locales de hombres libres (mallus), reunidas periódicamente a cielo descubierto, tomaban las decisiones que interesaban a la comunidad. En tiempo de guerra, la autoridad absoluta correspondía al rey o jefe militar, el dux, por derecho hereditario o por la elección de la asamblea de guerreros. Y como el estado de guerra se hizo costumbre durante varías generaciones para estos pueblos, y los reinos germánicos surgieron de la conquista militar, las jóvenes monarquías bárbaras se configuraron autoritariamente, y la asamblea de hombres libres sólo perduró en el reino de los francos.


Había hombres libres en las aldeas, en las ciudades, en los dominios rurales. Con ellos fueron mezclándose los supervivientes de la clase de ciudadanos romanos libres, en su mayoría artesanos (collegiati) y comerciantes (mercatores), habitantes de las ciudades, en un ininterrumpido proceso de fusión étnica.


Los ingenui bárbaros que recibieron tierras en los alojamientos, o despojaron de ellas a los vencidos, convirtiéndose en pequeños propietarios rurales, se vieron aprisionados en la misma malla que arrastró a los campesinos libres romanos al colonato y al patronato. Sin embargo, en el siglo V los colonos germanos no quedaron hereditariamente adscritos a la gleba; conservaron la libertad de romper el pacto convenido con el señor. Otros no recibieron tierras, sino que se vincularon por lazos de fidelidad o de dependencia personal o militar, bien a su rey, formando parte de su comitiva (comitatus), bien a los seniores bárbaros (como los saiones de la España visigoda). En la clientela de los reyes germánicos había nobles y hombres libres, pero la aptitud personal y la capacidad militar compensaban las diferencias de linaje.


La situación de los colonos sólo aventajaba a la de los siervos en la posesión de una personalidad jurídica que fue negada a los hombres de condición servil. Para su provisión de esclavos los bárbaros siguieron modelos romanos: prisioneros de guerra, deudores insolventes, hijos de padres esclavos o de uniones mixtas; se impuso la esclavitud a los culpables de determinados delitos. Los siervos del rey (servi regis) y de las iglesias (servi ecclesiarum), entre los que había médicos, artífices especializados y comerciantes, disfrutaron de compensaciones materiales que envidiaban muchos hombres libres.


La sociedad germánica del siglo V vino a restaurar en territorios del Imperio formas de vida arcaizantes, que Roma había superado hacía varios siglos. En este sentido, la instalación de los bárbaros en la pars occidentalis fue un retorno al pasado.


3. La corte de Rávena y los primeros Estados federados germánicos


El panorama político del siglo siglo siglo V en el Imperio de Occidente es complejo y confuso. Hasta Teodosio los emperadores ejercen realmente el poder, visitan las provincias, mandan los ejércitos. Pero la dinastía teodosiana se encierra en Rávena o en Constantinopla y abandona los asuntos públicos a las rivalidades de la camarilla cortesana y a las ambiciones de los jefes del ejército. Con mucha frecuencia surgen usurpadores del trono (Constantino III, Geroncio Máximo, Jovino Sebastián, Juan) que toman bárbaros a su servicio, como los emperadores romanos, Estos tres factores, camarilla imperial, jefes militares, antiemperadores, tejen una red inenarrable de intrigas. Los jefes bárbaros entran en el juego político como profesionales de la guerra que contratan sus ejércitos al mejor ofertante, como los condotieros italianos de los siglos XV y XVI, y prestan sus servicios hoy al enemigo de ayer. Ni los más grandes personajes de la época, un Constancio, un Aecio, que sirven al Imperio desinteresadamente, dejan de recurrir a la intriga y a la traición, usados como ingredientes necesarios de la política.


Los vándalos, alanos y suevos en la Galia


Mientras Alarico vivía su aventura italiana, la Galia era saqueada por los vándalos, alanos y suevos. Los hunos, después de haber aniquilado a los alanos y a los godos en las estepas del sur de Rusia,31 habían disfrutado durante veinticinco años pacíficamente de su victoria. Al empezar el siglo V emprendieron la conquista de Panonia, la Hungría actual. Los vándalos asdingos, que ocupaban la llanura panónica desde mediados del siglo III, no intentaron resistir. Embarulladamente abandonaron el campo a los temidos jinetes asiáticos. Pero el camino de Italia estaba interceptado por los visigodos de Alarico, acantonados en aquel momento entre Panonia y Dalmacia. Sólo quedaba a los asdingos una abertura, la del oeste, por la calzada romana que, uniendo la Nórica con Maguncia, lleva a la Galia a través del valle del Danubio superior.


Se incorporaron a los fugitivos en su éxodo, aunque sin fusionarse con ellos, los suevos del alto valle del Danubio, unos grupos de alanos escapados de las comarcas señoreadas por los hunos y los vándalos silingos del valle del Main. Los cuatro pueblos alcanzaron la Orilla derecha del Rin en diciembre de 406.


Ya se dijo en el capítulo anterior32 cómo atravesaron el Rin y la trascendencia de este suceso. La Galia se entregó inerme a los asaltantes. Ninguna ciudad, excepto Tolosa, opuso resistencia: Trévexis, la antigua capital de la Galia, Estrasburgo, Worms, Amlens, Reims, toda la Galia septentrional y central, así como la Aquitania, fueron saqueadas hasta el agotamiento de sus recursos.


Los conquistadores no se propusieron destruir el Imperio ni someter a su obediencia a los habitantes de las regiones que devastaban. Buscaban, sin un plan fijo, tierras donde vivir.


El único ejército romano que se enfrentó con esta irrupción victoriosa de tribus bárbaras fue el de Bretaña. Dejando desguarnecida la isla, el pequeño ejército desembarcó en la Galia. Su general Constantino se proclamó emperador, y recibió de sus soldados la púrpura imperial. Pero sus tropas no eran bastantes para impedir las correrías de los bárbaros, ni pudieron evitar la invasión de la península ibérica.


Los protagonistas de la invasión de 406 no fundaron más que efímeros reinos: el de los suevos en Galicia, absorbido por el Estado visigodo en 585; el de los vándalos silingios y alanos, desaparecido mucho antes, en 418; el africano de los vándalos asdingos, destruido por Justiniano en 533. Pero infligieron al Imperio una herida que, sin ser mortal, nunca se curaría, precipitando su fin.


Antiemperadores y bárbaros en la Galia y en España


El anticésar Claudio Constantino ocupó Arles, capital de la prefectura de la Galia, y mandó a su hijo Constante a someter Hispania. Constante venció la débil resistencia de los parientes del emperador Honorio, que habían reunido algunas tropas auxiliares (ningún ejército romano estaba acantonado en la península), y se adueñó nominalmente del país. Encargó la defensa de Hispania al general Geroncio y volvió al lado de su padre en Arles. Pero Geroncio aspiraba también al trono, y nada hizo por impedir la irrupción en la península de los vándalos, alanos y suevos el año 409. Proclamó emperador a su hijo Máximo, persiguió a Constante por la Galia hasta eliminarlo, y sitió a Claudio Constantino en Arles. Constantino acababa de conseguir de Honorio el reconocimiento de sus pretensiones sobre la Galia. Pero Honorio cambió de parecer, y envió contra ambos usurpadores un ejército mandado por el general romano Constancio. Geroncio fue derrotado, y se suicidó cuando sus tropas se pasaron al campo enemigo, Constancio sitió a Claudio Constantino en Arles. Surgió entonces otro antiemperador, el galo Jovino, proclamado por la aristocracia gala en Maguncia, dominada por los burgundios, y apoyado por éstos y por los guerreros alanos del tornadizo rey Goar. Constancio concedió a Claudio Constantino y a sus soldados una capitulación generosa, para disponer contra el nuevo enemigo de todos sus recursos militares. Pero Honorio quiso vengar en Claudio Constantino la muerte de sus parientes hispanorromanos, y ordenó que le fuera presentada en su palacio de Rávena la cabeza de su enemigo.


Los visigodos en la Galia


Al año siguiente, el 412, llegaban a la Galia los visigodos. El sucesor de Alarico, Ataúlfo, siguió la política nacionalista del fundador del reino godo en los primeros años de su breve reinado. Como Alarico, Ataúlfo hubiera querido establecer en la fértil Africa romana a su pueblo, pero desistió, porque no disponía de naves de guerra para forzar un desembarco. Y como Italia, arruinada y hambrienta, no brindaba incentivos para el asentamiento de los visigodos, Ataúlfo resolvió que los sucesos de la Galia y de España eran favorables para una gran aventura militar.


Los visigodos atravesaron Italia de sur a norte y, a través de los Alpes, alcanzaron el valle del Ródano. En el primer momento Ataúlfo parece inclinarse por el partido del anticésar Jovino. Pero las rivalidades entre los bárbaros encienden odios inagotables que destruyen su solidaridad étnica frente a Roma, y en el campo romano ni los emperadores ni sus adversarios pueden prescindir de los soldados bárbaros. El visigodo disidente Saro, rival de Alarico desde que ambos servían a Teodosio I, abandona el servicio de Honorio para unirse a Jovino, y esto basta para que Ataúlfo rompa con el antiemperador. Actúa entonces la diplomacia imperial para atraerse a los visigodos: el prefecto de la Galia Dardano negocia una alianza entre el Imperio y Ataúlfo. Los visigodos recibirán una annona y una provincia gala para su alojamiento en calidad de federados. A cambio, Ataúlfo vencerá y entregará los usurpadores (Jovino y su hermano el corregente Sebastián) a Honorio, y dejará en libertad a Gala Placidia, la hermana del emperador, rehén de los visigodos desde el saqueo de Roma de 410.


Ataúlfo cumplió la mitad del convenio, la desaparición del anticésar y de su hermano, pero no entregó a Gala Placidia. Honorio reclamó a su hermana y suspendió el abastecimiento de los visigodos, instigado por el general Constancio, que ambicionaba el matrimonio con Gala Placidia, como un pedestal para el trono. Falto de víveres para abastecer a su pueblo, Ataúlfo quiso apoderarse de los almacenes de trigo de Marsella, pero el general romano Bonifacio lo impidió. Ataúlfo no permaneció inactivo. En el otoño de 413 Narbona, Tolosa, Burdeos, la comarca más rica, más romanizada y menos dañada por las invasiones, fue ocupada por los visigodos.


Ataúlfo obraba contra Honorio obligado por las circunstancias, forzado por la o necesidad de víveres. Pero sus miras eran más altas, y no carecían de grandeza, si es cierto el relato de un caballero de Narbona, que había servido en el ejército de Teodosio, recogido por el historiador Paulo Orosio:


“Este caballero nos dijo que en Narbona había llegado a intimar grandemente con Ataúlfo, y que le había relatado con frecuencia  y esto con toda la seriedad de un testigo que presta declaración  la historia de su propia vida, que estaba a menudo en labios de este bárbaro de rico espíritu, vitalidad y genio. Según la propia historia de Ataúlfo, éste había empezado su vida con un vivo deseo de borrar todo recuerdo del nombre de Roma, con la idea de convertir todo el dominio romano en un imperio que sería el imperio de los godos... La experiencia le había convencido, con el tiempo, de que, por una parte, los godos estaban sumamente descalificados por su barbarie indomable para una vida gobernada por la ley, mientras que por otra parte sería un crimen suprimir el gobierno de la ley de la vida del Estado, pues el Estado deja de ser él mismo cuando la ley deja de gobernar en él. Cuando Ataúlfo hubo adivinado esta verdad, resolvió alcanzar la gloria que estaba a su alcance, de usar la vitalidad de los godos para la restauración del nombre romano en toda  y quizá más que en toda  su antigua grandeza.”33


Lo evidente es que el matrimonio de Ataúlfo con Gala Placidia servía estos fines políticos. El ceremonial de la boda, hasta los vestidos de los contrayentes fue rigurosamente romano. El hijo de esta unión fue llamado Teodosio, como el padre de Gala Placidia, el gran emperador, y era el hilo maestro de la trama política urdida por Ataúlfo; aquel niño sería el legítimo heredero de dos grandes pueblos, que aportarían la fuerza goda y la ley romana a una fusión llamada a grandes destinos.


Estos grandiosos proyectos se frustraron en poco tiempo. Las relaciones con la corte de Rávena empeoraron desde el matrimonio del monarca visigodo con Placidia. Ignoramos qué es lo que Ataúlfo se proponía al proclamar emperador al mismo Atalo que ya habla coronado y destronado Alarico,34 montando en Burdeos una corte rival de la de Rávena, con un gobierno sin autoridad formado por nobles aquitanos. La campaña militar de Constancio aventó este decorado teatral. Desde la capital prefectorial de Arles, el rival de Ataúlfo bloqueó por hambre al pueblo visigodo, al disponer la ocupación por tropas romanas de todos los puertos mediterráneos de la Galia. Ataúlfo, buscando comarcas fértiles y no devastadas para abastecer al pueblo godo, pasó con su ejército a la provincia Tarraconense, y Atalo fue capturado por los romanos. En Barcelona nació y murió a poco de nacer el pequeño Teodosio, y allí mismo fue herido de muerte Ataúlfo por un cliente de Saro, a fines del verano de 415, año y medio después de las esperanzadoras nupcias del rey visigodo con la hija de Teodosio el Grande.


Ataúlfo recomendó antes de morir que Placidia fuese devuelta a la corte de Rávena, para facilitar un nuevo pacto de su pueblo con el Imperio y el asentamiento definitivo de los visigodos. Pero el partido antirromano eligió rey a Sigerico, asesinado a los siete días, y luego a Valia. El nuevo monarca intentó, como sus antecesores, trasladarse al Africa, pero su flota naufragó. Acosados por el hambre, los visigodos volvieron al servicio de Roma. Por el tratado de 416, Valía se comprometía a devolver a Placidia y a expulsar de la península ibérica a suevos, vándalos y alanos. Los visigodos recibieron del Imperio una annona de 600.000 medidas de trigo.


Vándalos, alanos y suevos en la península Ibérica 35


La epidemia política de las usurpaciones fue causa directa de que el año 409 irrumpieran en España los cuatro pueblos bárbaros que habían roto tres años antes la frontera del Rin. Vándalos asdingos y silingos, suevos y alanos prolongaron en España durante un bienio la aventura que vivieron en la Galia. Desmontaron el frá. gil caparazón defensivo de las ciudades y vagaron por la inerme península, aterrorizando con sus harapientas pellejas a los civilizados hispanorromanos.


Orosio, Hidacio, y san Isidoro36 acentúan con tonos sombríos las depredaciones de los invasores. Los relatos de estos historiadores han acuñado una imagen escalofriante de este período: guerra, hambre, peste, bestias feroces que buscan la carroña en los lugares habitados, perceptores de impuestos que se llevan los últimos recursos. Verdad es que toda expedición bélica acarrea crueldad y miseria, y que los recursos del país estaban ya muy disminuidos por las seculares exacciones fiscales. Pero, como escribía Orosio,37 la conquista de Roma no había sido menos cruenta; y los bárbaros no pretendían sojuzgar a los habitantes de la península: querían alimentos para remediar su hambre y tierras que habitar y cultivar. Por eso ningún abismo irreparable se abrió entre bárbaros e hispanorromanos, y fue posible y aun preferible para los nativos una convivencia pacífica, romo sabemos por el mismo Paulo Orosio.


La segunda fase de la invasión se inicia en 411. Los cuatro pueblos reciben o toman tierras y se las reparten. Se desconoce si por un acto de fuerza o por un acuerdo con los hispanorromanos. El gobierno de Rávena tuvo que aceptar el hecho consumado, pero como un arreglo provisional. Hidacio38 refiere que los suevos y los vándalos asdingos ocuparon Galicia; los alanos, Lusitania y Cartaginense, y los silingos, la Bética. Es decir, la totalidad de la península menos la tarraconense, la provincia más próxima a Roma, la primera romanizada, acaso la más remisa en aceptar la negociación directa con los bárbaros.


El reparto evidencia que después de cinco años de marchar juntos estos pueblos seguían diferenciados en cuatro unidades políticas independientes, cuatro civitates, como las llamaron los romanos. Lo que no sabemos es si aceptaron la autoridad militar de un dux único, o cada civitas era gobernada por un rey. Las crónicas han conservado varios nombres de estos caudillos: el asdingo Gunderico, el silingo Fredebaldo, el suevo Hermerico, el alano Adax.


Cuando el año 416 el monarca visigodo Valía emprendió, como federado de Roma, la tarea de arrojar de la península a estos cuatro pueblos, la victoria visigoda sobre los alanos y los vándalos silingos fue rápida y completa. En menos de dos años estas dos civitates quedaron aniquiladas, y sus escasos supervivientes se incorporaron a la comunidad de los vándalos asdingos. El rey silingo Fredebaldo fue llevado a Roma prisionero.


Quedaban en la lejana Galicia los asdingos y suevos, enzarzados en guerras intestinas. Pero Valia fue llamado por el generalísimo Constancio (fines del año 418), quien ofreció a los visigodos un nuevo foedus, contratando sus servicios militares a cambio de su alojamiento en la vasta región situada entre el Loira y los Pirineos y entre el Atlántico y Tolosa, cediéndoles siete ciudades: Burdeos, Agen, Angulema, Saintes, Poitiers, Périgueux y Tolosa. Esta comarca comprendía territorios de varias provincias (las dos Aquitanias, Novempopulania y Narboriense primera) y carecía de un nombre que expresara su unidad. Sidonio Apolinar la llama Septimania en una carta a Avito.


Los motivos de esta nueva mudanza en la política imperial pueden explicarse por el temor de la corte de Rávena a que los éxitos visigodos se repitieran a costa de los vándalos asdingos y suevos. En este caso la mayor parte de la península ibérica hubiese quedado en poder de Valía, y los visigodos hubieran sido más poderosos de lo que al Imperio convenía. Roma conseguía también por la alianza entre Constancio y Valia alejar a los visigodos del pulmón del Estado romano, del litoral mediterráneo. En cuanto a la Galicia, que hospedaba a asdingos y suevos, era una región atlántica, y su ocupación no implicaba un peligro ni inmediato ni vital.


En cambio, el pacto de 418 significaba para el pueblo visigodo un asentamiento estable después de cuarenta años de peregrinación por las provincias romanas, desde los Balcanes a Hispania, en una de las regiones más prósperas de la Galia, tan feraz como el Africa que habían anhelado desde los tiempos de Alarico.

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